D'Ignazio y Klein (2020), plantean preguntas sobre quién decide qué conocimientos son válidos,
qué formas de aprender se consideran legítimas y qué voces participan en el diseño de sistemas que
configuran experiencias educativas. Esta perspectiva cambia la atención desde la distribución de acceso
hacia la estructura de poder en el desarrollo tecnológico. Los marcos normativos analizados incorporan
esta dimensión de manera limitada, sin abordarla como cuestión central de diseño tecnológico.
Las diferencias entre estas conceptualizaciones tienen consecuencias prácticas. Como argumenta
Giannini (2023), a pesar de las promesas de la IA y otras tecnologías digitales de diversificar sistemas de
conocimiento, podemos estar moviéndonos en la dirección opuesta. Si la equidad se entiende solo como
acceso, las políticas se concentran en adquisición de tecnología. Si se entiende como inclusión en el
diseño, las políticas exigen participación de diversos usuarios en procesos de desarrollo. Si se trata de
justicia en el conocimiento, las políticas deben preguntarse qué tipo de aprendizaje promueven los
algoritmos. Los marcos actuales no explicitan cuál concepción adoptan, lo que dificulta evaluar si las
medidas propuestas son coherentes con sus objetivos declarados.
Privacidad y protección de datos: Entre cumplimiento normativo y vigilancia normalizada
La protección de datos personales de estudiantes aparece en todos los marcos normativos
revisados como preocupación central. El Reglamento General de Protección de Datos de la Unión
Europea (2016), establece estándares sobre consentimiento informado, minimización de recolección de
datos, limitación de propósito y derecho al olvido. Estos estándares han influido en legislaciones de otros
países. Sin embargo, la aplicación de estos principios en contextos educativos enfrenta complicaciones
específicas que los marcos generales no anticipan.
Zuboff (2019), documenta cómo plataformas educativas recolectan datos que exceden lo necesario
para sus funciones declaradas. Esta práctica genera un desequilibrio donde instituciones educativas y
familias carecen de información completa sobre qué datos se recolectan, cómo se procesan y con qué fines
secundarios se utilizan.
Selwyn et al. (2021), documentan que tanto estudiantes como docentes carecen de conocimiento
sobre los mecanismos mediante los cuales se recopilan, procesan y utilizan los datos que producen al
interactuar con plataformas educativas digitales. Los términos de servicio de plataformas educativas
populares contienen cláusulas que autorizan usos amplios de información estudiantil, pero estos
documentos están redactados en lenguaje técnico-legal que dificulta su comprensión por parte de
usuarios no especializados.
La cuestión del consentimiento presenta problemas particulares en educación. Cuando una
institución educativa adopta una plataforma de IA como parte de su operación regular, ¿qué significa que
estudiantes o familias consientan? ¿Existe posibilidad real de rechazar el uso si esto implica exclusión de
actividades académicas regulares? Williamson (2017), argumenta que hablar de consentimiento libre en
contextos donde existe obligatoriedad educativa resulta conceptualmente problemático.
Adicionalmente, las plataformas de aprendizaje adaptativo registran cada interacción: tiempo
dedicado a cada ejercicio, secuencia de respuestas, patrones de error, momentos de abandono, entre
otros. Este nivel de detalle permite conjeturas sobre estados emocionales, capacidad de atención y
dificultades cognitivas. Los datos no solo describen el rendimiento académico inmediato, sino que
construyen registros que pueden influir en cómo se percibe al estudiante a largo plazo.
Los marcos normativos actuales recomiendan limitar recolección de datos a lo estrictamente
necesario, pero no definen qué cuenta como necesario en contextos educativos. Giannini (2023), advierte
que uno de los riesgos primarios y más evidentes de la IA es su potencial para manipular a usuarios
humanos, y que los niños y jóvenes son altamente susceptibles a la manipulación.
Los marcos tampoco abordan el problema de inferencias derivadas de esto. Aunque una
institución no recolecte directamente información sobre condición socioeconómica, algoritmos pueden