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https://doi.org/10.54167/qvadrata.v8i16.2206
e-ISSN: 2683-2143
Yolanda Alatorre Maldonado
José Luis Evangelista Ávila
Universidad Autónoma de Chihuahua (México)
Recibido: 2025/09/04
Aceptado para su publicación: 2025/11/18
Publicado: 2026/06/26
RESUMEN
ABSTRACT
Resumen: Lograr la paridad de género en diversos
ámbitos es un logro importante, sin embargo, esta no debe
confundirse con la generación de condiciones de equidad o
eliminación de violencia derivada del machismo. En el caso
del presente artículo, a partir del análisis de la práctica
médica, se plantea el objetivo de visibilizar la permanencia
de estructuras de violencia, comprensibles solo desde un
análisis conceptual cualitativo. Esto con la finalidad de
promover una lectura crítica que evite el reduccionismo
cuantitativo que identifica paridad numérica con la
eliminación de la violencia. Para tal efecto, se abordará el
Modelo Médico Hegemónico (MMH) como un reflejo de la
masculinidad machista y, en una segunda etapa, se lo
aborda como un dispositivo que refuerza la exclusión de la
mujer y lo asociado a la feminidad. Sobre esta perspectiva,
se concluye que, para propiciar un cambio real, es preciso
abordar un análisis cualitativo y conceptual que permita
visibilizar la permanencia de estructuras que excluyen a la
mujer y lo considerado femenino, así como evitar el
reduccionismo cuantitativo.
Abstract: Achieving gender parity in various fields is a
significant accomplishment; however, it should not be
confused with creating conditions of equality or eliminating
violence stemming from sexism. This article, based on an
analysis of medical practice, aims to highlight the
persistence of structures of violence, which can only be
understood through a qualitative conceptual analysis. The
goal is to promote a critical reading that avoids the
quantitative reductionism that equates numerical parity
with the elimination of violence. To this end, the Hegemonic
Medical Model (HMM) will be examined as a reflection of
sexist masculinity and, in a second stage, as a dispositive
that reinforces the exclusion of women and what is
associated with femininity. From this perspective, it is
concluded that, to foster real change, a qualitative and
conceptual analysis is necessary to reveal the persistence of
structures that exclude women and what is considered
feminine, while also avoiding quantitative reductionism.
PALABRAS CLAVE
KEYWORDS
Machismo, Modelo Médico Hegemónico,
Dispositivo, Género, Galenidad.
Sexism, Hegemonic Medical Model, Dispositive,
Gender, Doctorhood.
Introducción
Es un error confundir la paridad de género con la supresión de la discriminación contra
la mujer. Un ejemplo de ello, lo encontramos en la praxis médica. Si bien, por una parte, Heinze-
Androcentrismo y discriminación femenina como dispositivos en la praxis médica
[en] Androcentrism and female discrimination as devices in medical praxis
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Martin et al (2018), señalan casi una paridad en la matriculación en el grado y campo laboral en
México como en el mundo, lo cual es digno de aplaudirse dada la exclusión histórica de la mujer
de esta profesión; por otra, las prácticas de exclusión y violencia permanecen presentes, como
indica Catalina Vargas-Acevedo (2021), en “La mujer en medicina: la normalización de una
discriminación oculta”. La desigualdad, más allá de la cuestión numérica o un supuesto
reconocimiento administrativo o de palabra que no trasminan hacia las prácticas, parte de un
dispositivo que se ha interiorizado y perpetúa estructuras de poder asociados a ciertas formas de
masculinidad que desplazan a la mujer, así como a lo a ella asociado.
Debido a lo anterior, el presente artículo tiene por objetivo contextualizar el
androcentrismo y la discriminación femenina bajo la concepción de dispositivo, según la
formulación de Giorgio Agamben (2015), con la finalidad de asumir una postura crítica ante una
paridad de género u otros referentes cuantitativos que apelan a una superación de la
discriminación, lo anterior a partir del abordaje conceptual que visibiliza otros rasgos de
exclusión y violencia que pueden ocultarse tras el discurso numérico. Para tal efecto, este trabajo
presentará la relación del Modelo Médico Hegemónico (en adelante MMH) con ciertas imágenes
de la masculinidad machista para, en una segunda parte, abordar esta relación como un
dispositivo. Lo anterior con el propósito de cuestionar la normalización de la violencia oculta
tras la consideración numérica de la paridad de género en el área médica.
El Modelo Médico Hegemónico (MMH) como reflejo de una masculinidad
machista
Algunas líneas de una editorial de 2020, firmada por Federico Leopoldo Rodríguez
Weber, nos permitirán contextualizar nuestra problemática. Ahí, el autor señala lo siguiente:
En medicina, desde hace tiempo, reconocemos el papel de la mujer como profesional y,
desde hace mucho, las profesionistas mujeres tienen el mismo valor que los profesionistas
hombres. Sin embargo, reconocemos que sólo en algunas instituciones no se les valora de
igual forma, y por eso, ahí es donde la lucha debe continuar (p. 125).
Si bien el abordaje de lo expuesto es complicado debido a la generalidad de su contenido,
pues no se específica ninguno de los datos aludidos: los tiempos, espacios y las formas de (no)
reconocimiento que implica. No obstante, nos permite poner de manifiesto la función de la
abstracción en el discurso para impedir una propuesta crítica, esto se realiza al no clarificar los
criterios de análisis o, como en el caso de la paridad de género, cuando la reflexión se reduce a
determinados puntos cuantitativos, se silencia la dimensión cualitativa de la problemática y se
elude la profundización conceptual, aspectos que en su conjunto imposibilitan un pensamiento
crítico apropiado y, por ende, cambiar la problemática de fondo. De este modo, se muestra cómo
al priorizar una enunciación ambigua y políticamente correcta, se minimiza la problemática e
impiden las posibilidades de cambio real.
Del mismo modo, pese al “reconocimiento” de igualdad que pesa sobre el título de la
editorial (“No son más, no son menos, todos somos médicos sin importar el género”), el autor
expone, líneas más adelante:
…los roles que [hombres y mujeres] tienen en la sociedad deb[e]n respetarse, por lo que,
con mucha frecuencia, las mujeres optan por balancear el trabajo y la vida familiar de
forma diferente al hombre de la misma manera que, en algunas ocasiones, las mujeres
eligen tener periodos de retiro laboral como consecuencia de las exigencias temporales de
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su hogar o como respuesta a la necesidad de mantener un equilibrio social-laboral. Ello
influye posiblemente en el tipo de trabajos y compromisos que pueden ser tomados por
ellas. Pero esto sólo es un grupo de mujeres, pues otras muchas, en la vida moderna,
posiblemente el grupo mayoritario deciden no tener hijos o bien deciden adquirir
formatos diferentes en este proceso, haciéndolas igualmente competitivas con los
hombres ante cualquier trabajo (Rodríguez Weber, 2020, p. 125).
A lo cual expone, en posterior, la búsqueda de una igualdad en términos cuantitativos:
currículo, remuneración y trato. No obstante, ¿esto cuestiona las prácticas efectivas y reales o
solo permite el cumplimiento de criterios superficiales, al modo de un checklist, en el cual los
registros permiten asegurar el cumplimiento de estándares oficiales mientras que las prácticas
de exclusión se mantienen? Como podemos ver en las líneas citadas, el discurso es doble, por
una parte, afirma la permanencia de roles de género específicos y las implicaciones que derivan
de ellos en la práctica real (dimensión cualitativa), pero, por la otra, alude a criterios de
estandarización (dimensión cuantitativa) que, además, da por hecho, para plantear una supuesta
igualdad. Con esto, de nueva cuenta, se imposibilita el análisis crítico (cualitativo) bajo una
exposición supuestamente objetiva (cuantitativa) que, al confundir los criterios, plantea como
innecesario el cambio real.
Si bien es imposible reducir el todo a las expresiones vertidas en una editorial, esta nos
permite contextualizar esta ambivalencia en el abordaje cuantitativo y cualitativo de la
desigualdad, así como diversas ausencias, entre ellas los procesos de formación médica, las
estructuras institucionales y los procesos de mercantilización, para reducirse a la matrícula y
buenas (y generales) intenciones. En este sentido, debemos reconocer que considerar la praxis
médica es considerar un fenómeno complejo y multifactorial. Ante esta amplitud, nos
concentraremos en señalar el papel que juega el MMH, definido por el antropólogo médico
Eduardo L. Menéndez (2020) como:
el conjunto de representaciones, prácticas y teorías generales por lo que se conoce como
medicina científica, la cual desde finales del siglo XVIII ha tratado de expandirse sobre la
población buscando excluir, eliminar y/o subordinar a las otras formas de atención , lo
cual en un país como México ha ido logrando desde finales del siglo XIX y, sobre todo, a
partir de las décadas de 1930 y 1940, hasta lograr convertirse en la forma de atender la
enfermedad legitimada tanto por criterios científicos, por reglamentaciones del Estado,
como por su eficiencia comparativa (p. 88).
Al legitimarse como “la forma de atender la enfermedad”, el MMH se asume como la única
vía apropiada de velar por la salud. Lo cual implica fines políticos, mercantiles y, de este modo,
aunado a la biopolítica, podemos considerarlo como una tecnología del sujeto, es decir, como
“las técnicas mediante las cuales el individuo se ve inducido, sea de por sí, con la ayuda o bajo la
dirección de otro, a transformarse y modificar su relación consigo mismo” (Foucault, 2016, p.
33). De este modo, el MMH no solo produce una forma de atender la salud, sino las vías para
perpetuarse a través de las prácticas y, en especial, de los sujetos que han de realizarlas o
atravesar por ellas para devenir en una tecnología del sujeto de salud. Sea desde la función
médica como desde sus pacientes.
De estas prácticas, nos interesa el principal rasgo estructural del MMH, afianzado en una
episteme concreta: el biologismo. Este fundamenta epistemológicamente a la medicina con base
en un paradigma biomédico cuya transmisión inicia en las experiencias extra académicas de los
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sujetos (en tanto pacientes), pero se concreta en su formación académica (estudiantes de
medicina), se refuerza en sus prácticas iniciales (servicio social y prácticas profesionales) para
concretarse y reproducirse durante su actividad profesional, a la cual llega solo quien lo ha
reproducido con éxito al atravesar por el proceso formativo. Asimismo, el biologicismo asume
centrarse en la objetividad del cuerpo humano, con lo que minimiza a las personas según las
variaciones de normalidad (salud) y anormalidad (enfermedad), por lo cual deja de lado sus
dimensiones psicológicas, sociales (Engel, 1977; Menéndez, 2020) y, por ende, de género
(Vargas-Acevedo, 2021).
Al uniformar las creencias, conocimiento y prácticas médicas, el biologicismo configura
la identidad médica desde su formación académica y sus prácticas profesionales. En términos
generales, consideremos que la identidad “…es social y depende de los otros para su
consolidación… [no obstante], se somete a procesos continuos de construcción y de negociación
donde la persona ejerce estrategias para establecer credibilidad y personalidad” (Mandoki,
2006, p. 76). Además, para comprender la especificidad de la identidad médica, consideremos
el concepto de “galenidad”, postulado por la médica y filósofa Marcia Villanueva Lozano (2019).
Esta galenidad o identidad médica “está representada por narrativas grupales socialmente
compartidas… implica sobre todo tener prácticas sociales de personeidad basada en ella, con sus
cuatro elementos: la subjetividad (pensar y sentir como médico), la expresión (comportarse
como médico), el reconocimiento y la respuesta (ser visto y tratado como médico)” (Villanueva
Lozano, 2019, p. 137). En otras palabras, la galenidad es la identidad propia del gremio,
integrada, modificable y exteriorizada por quienes estudian y ejercen la medicina, con el
consecuente reconocimiento profesional, dentro y fuera del gremio.
La galenidad es planteada como posibilidad de mejora y “malignización”. En el primer
caso, permite a quienes la poseen optimizar su estatus social, su autoestima, su autopercepción
como profesionistas y su carácter (Villanueva Lozano, 2019). En el segundo, involucra la
modificación del carácter marcada por la desmotivación, la deshonestidad, la ira, la
insensibilidad y la falta de empatía. En la identidad, al ser cambiante, estos procesos aparecen
en distintas relaciones no estáticas: complemento, oposición, subordinación o transición.
En los puntos desarrollados, los rasgos de la galenidad, sin ser exclusivos del hombre,
coinciden con los de una masculinidad machista aún dominante. Si bien, como señala Didier
Machillot (2013), en Machos y machistas. Historia de los estereotipos mexicanos, hay
dificultades en una definición universal y atemporal del macho y del machismo, es posible ubicar
ciertos patrones. Entre ellos, destacamos naturalización de una supuesta superioridad del
hombre, la preeminencia de los valores a él asociados y la fuerza como forma de posicionamiento
en un mundo real, por oposición a una mujer subordinada, cuyas actividades resultan de
segundo orden y atrapada en un mundo irreal venido del sentimentalismo.
Así, encontramos entre la galenidad y el machismo diversos paralelos : ambas comparten
la ambigüedad de aquella figura del “macho revolucionario” como un hombre valiente que lucha
por su tierra y encuentra en ello su identidad, pero, al mismo tiempo, ahí reside su malignización,
en el dominio, la fuerza y el menosprecio, por enunciar algunas; asimismo, la polaridad entre la
objetividad/fuerza buscadas y el sentimentalismo como rasgo de un despreciado
afeminamiento; el posicionamiento del proveedor que minimiza a las figuras destinadas a los
cuidados; la jerarquía, competencia e, incluso, rudeza, con su imposición, ante lo subordinado,
pasivo y cuidadoso. En este sentido, mientras el machismo desprecia lo femenino en una falsa
exaltación que lo lleva a la violencia, la galenidad hace lo mismo ante aquellas figuras que
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mantienen feminidad, sea al interior o exterior de su praxis. Así sea atenuadas y llevadas del
ámbito de la fuerza al de la profesión, los rasgos de un posicionamiento por la fuerza en un
mundo real, validado por la objetividad y ciertas prácticas darán su lugar a la galenidad como al
macho, en desprecio de la mujer y lo feminizado, donde puede incluirse a las mujeres, pero
también a cualquier figura subordinada ante la cual se abre la posibilidad de ejercer un
paternalismo violento.
La exclusión de la mujer como dispositivo en el MMH
Las coincidencias previas no son accidentales. Desde una perspectiva histórica, la
medicina occidental es una ciencia de tradición eurocentrista y, en igual medida, androcéntrica,
donde el sujeto y el objeto de estudio coinciden en el hombre: su práctica, su salud, sus
condiciones biológicas, sus cuidados y su experiencia de la enfermedad son el eje desde el cual
se práctica, atiende y evalúa el universo de posibilidades: “Así, tradicionalmente, la mayoría de
las patologías, desde las ciencias básicas hasta la clínica, se han estudiado con base en el
prototipo del hombre blanco de 70 kilogramos” (Vargas-Acevedo, 2021, p. 3). De este modo, si
bien es posible rastrear los orígenes de la medicina en el siglo V a. C., también es hasta el siglo
XIX cuando Elizabeth Blackwell es reconocida como la primera médica, al obtener el título
profesional que la acredita e “integra” al gremio. Desde entonces ha aumentado el número de
mujeres en la medicina, no obstante, distintas prácticas mantienen la desigualdad de género en
el MMH, más allá de lo numérico. Incluso, por ejemplo, en y más allá del género, el estudio de
enfermedades en poblaciones que no coinciden con el hombre blanco “promedio” con poder
adquisitivo, permanece como una deuda enorme.
Sin pretender la erradicación de las diferencias biológicas entre mujeres y hombres
(estatura, fuerza, funciones reproductivas, etc.), es preciso reconocer, como señala Simone de
Beauvoir (1949), que: “Ni sus fórmulas, ni las singularidades, definen a la hembra humana [ni al
macho humano] como tal[es]” (p. 9). Es decir, de las diferencias asentadas en datos científicos
no se deriva la inequidad y desigualdad profesional, como tampoco la “evidencia científica”
garantiza objetividad, sino expresiones de diversas epistemes que tienden a justificar, mediante
una “objetividad a modo”, formas de exclusión, como ya sucedió con las conclusiones de la
craneología y la frenología durante el siglo XIX, que “sustentaban” la inferioridad de la mujer
según el tamaño de su cráneo y según su raza (Iglesias Aparicio, 2020). Propuestas utilizadas para
legitimar la discriminación y exclusión de la formación médica pues, “científicamente”, carecían
de las capacidades intelectuales de las que gozaba el hombre por el hecho de ser hombre
(Blazquez Graf, 2011).
Para comprender las formas de exclusión dentro de la galeanidad, consideremos el
concepto de dispositivo expuesto por Giorgio Agamben (2015), quien, basado en la propuesta
foucaultiana, lo define como “cualquier cosa que de algún modo tenga la capacidad de capturar,
orientar, determina, intercepta, modelar, controlar y asegurar los gestos, las conductas, las
opiniones y los discursos de los seres vivientes” (p. 23). Bajo esta exposición, podemos
caracterizar la formación médica profesional en el MMH como un dispositivo que determina el
cómo debe ser, transmitirse y ejercerse la profesión médica, así como determinar a los sujetos
que se integran a ella. De este modo, quien confiesa la identidad galeana, se integra en las formas
de su práctica y, con ellas, se adhiere a prácticas que suponen la exclusión femenina, así como lo
asumido como femenino.
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La formación profesional refuerza la competencia encarnizada más que una formación
apropiada, así como la fuerza y resistencia a través de un servicio social y prácticas profesionales
deshumanizantes que exaltan la fortaleza física, mental y emocional para resistir las cargas
teóricas o prácticas continuas. El caso de las residencias médicas (estudiantes de especialidad)
es ilustrativo: el período de formación suele ser de cuatro años, a través de rotaciones
hospitalarias de hasta 36 horas cada tres días, donde cumplen todas las obligaciones asignadas,
por lo que el alimento, descanso e higiene dejan de ser actividades prioritarias y, cualquier
inconformidad, será interpretada como incapacidad. También es en este espacio donde se
manifiestan con mayor intensidad los ejercicios de poder y dominación en el gremio. Las
posiciones más altas en la jerarquía son los trabajadores con plaza, desde quienes se desciende
en grados hasta el último escalafón de la cadena: estudiantes de medicina. Esta estratificación
concentra el poder de mayor a menor en una línea a la que se suman otras, según la “relevancia”
y “reconocimiento” de la formación de cada profesional o estudiante. Por ejemplo, suele
considerarse de mayor nivel a un especialista en cirugía de tórax que si fuese de pediatría y, este
último, se ubicará por encima de alguien de medicina general. Esta formación desarrolla rasgos
de una marcada carga masculina machista en la galenidad como son competencia, prestigio,
liderazgo, agresividad, poca o nula emocionalidad y autoritarismo, en tanto rechaza o minimiza
los considerados propios de la feminidad como son la emocionalidad, empatía, cuidados,
serenidad y dependencia.
El dispositivo médico conforma la subjetividad de sus profesionistas al determinar las
formas de acceder a sus estudios de pregrado, especialidad y posgrado, plazas laborales y estatus
socioeconómico, al determinar a sus mejores postulantes con base en la resistencia y repetición
de formas de abuso interpretado como una alta exigencia. Con ello moldea, controla y perpetua
su estatuto, incluido el desprecio de lo que asume como femenino, aun si el número de mujeres
que se integran a estas prácticas va en aumento.
La galenidad refuerza la dimensión androcéntrica desde diversas prácticas. Rescatamos
tres de ellas:
1. La estructuras y relaciones de poder se basan en la exaltación de aspectos valorados
como masculinos en lo relativo a la intelectualidad, corporalidad y sensibilidad, esto es, se
refuerza lo objetivo, la fuerza y el desapasionamiento, con su respectivo menosprecio a las
dimensiones subjetivas, el cuidado y las emocionales, atribuidas a lo femenino
2. Las relaciones de subordinación profesional son un paralelo de la naturalización de la
diferencia que plantea como inferior a lo femenino frente a lo masculino, así como de las formas
de subordinación, paternalismo y violencia que suele darse
3. El reconocimiento de ciertas especialidades y puestos como “propias” de las
capacidades masculinas, en el primer caso, las intervenciones quirúrgicas neurocirugía,
ortopedia, urgencias y oncología suelen destinarse a hombres; en tanto que, en el segundo, aún
puede constatarse la menor presencia de mujeres en puestos directivos.
Por lo que, si se suman estos tres aspectos de reforzamiento de la masculinidad a través
del galenismo, los médicos legitiman desde su propia profesión la discriminación de quienes no
cumplan con estas características.
A esta constitución de la galenidad al interior del gremio, ha de sumarse la discriminación
de la mujer por los prejuicios y roles de género, venidos del exterior del gremio, entre los cuales
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destaca el acoso (Wittig, 2006) y la violencia sexual que difícilmente se denuncian (Villanueva,
2021). Así, la discriminación de la mujer médica se construye y hereda las formas de violencia
de la mujer en general, a la cual se suman los rasgos propios de la galenidad. Acorde a lo anterior,
ha de considerarse que las estudiantes de medicina y las médicas, pertenecen a un grupo
profesional donde la medicina, entendida como dispositivo, favorece los ejercicios de
discriminación y violencia de género, a través de la configuración de una identidad médica
masculina la cual también interiorizan, pues “todo dispositivo implica un proceso de
subjetivación sin el cual no puede funcionar como dispositivo de gobierno, sino que se reduce a
un mero ejercicio de violencia” (Agamben, 2015, p. 29).
Por otra parte, ¿la galenidad solo es exclusión de lo femenino? Como sucede con el
machismo en general, la violencia contra la mujer se da en un doble registro, por una parte, un
desprecio de lo femenino y, por el otro, un reconocimiento de ciertas características, en tanto
estas sean capitalizables y destinadas al uso o placer de quienes las oprimen. En el caso de la
galenidad, podemos plantear una cara femenina a partir de lo expuesto por Katya Mandoki
(2006), en Prácticas e identidades sociales, donde señala que la palabra matriz, por su origen
etimológico (mater) y metafórico, asocia a lo femenino los espacios de gestación y desarrollo de
las identidades. En este sentido, la galenidad supone y perpetúa espacios femeninos que le
permitan su continuidad, por lo que “lo femenino” es aceptado en la medida en la cual permite
la pervivencia de la formación médica, así como la atención de prácticas asociadas al cuidado,
las infancias y la belleza, aspectos presentes en el quehacer médico, pero “impropios” de lo
masculino. De esta manera, el dispositivo médico asegura su hegemonía a través de perpetuar
gestos, conductas, opiniones y discursos masculinos, al configurar espacios de enunciación y
acción, junto a una matriz médica, que permita la reproducción identitaria y la atención de
“espacios femeninos”.
En otras palabras, el dispositivo médico, a través de su cara masculina determina, domina
y usa de la cara femenina como vía para la creación de identidades médicas que perpetúan este
ciclo. Con ello, propicia la unidad interna del dispositivo y procura mantenerse coherente al
establecer esta oposición binaria masculino-femenino (Butler, 2007), en la medida en que sea
capaz de capitalizarla para su propia perpetuación. Por último, señalemos que esta doble cara
que conforma al dispositivo de la medicina no suele ser reconocida, pues su poder estructura al
gremio de tal forma que toda expresión fuera de esta genealogía masculina, queda en una
posición de subordinación (Irigaray, 1992), como, por ejemplo, las estudiantes, las médicas sin
puestos de liderazgo, las médicas con especialidades “no masculinas” como las dermatólogas y
radiólogas, las médicas sin especialidad, las médicas que no ejercen, las médicas que priorizan
la maternidad y/o el matrimonio y, las médicas que no ejercen en el campo clínico, como las
docentes e investigadoras.
Conclusiones
Las mujeres que deciden dedicarse a la medicina, aunque pertenecen a un grupo con
ciertos privilegios por poder acceder a una carrera, no escapan de ser discriminadas y
violentadas en el proceso. De modo que, antes que eludir el padecer la discriminación y violencia
de género “generales”, se suman formas específicas de exclusión de lo femenino en la galenidad.
Si a ello se suma la vulnerabilidad constante de vivir en un país como México, donde la violencia,
la discriminación y la desaparición de las mujeres están a la orden del día, se le agrega que, estas
mujeres tampoco están seguras en espacios educativos y laborales. Es por ello que resulta
absurdo pretender minimizar estas problemáticas con datos estadísticos donde la igualdad
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pretende haberse logrado en los números, pero no en las relaciones dentro del gremio. Es
necesario visibilizar que, en la medicina, la discriminación y la violencia de género están
presentes de formas específicas.
En este sentido, al plantear las formas en que la violencia y exclusión basadas en el género
perviven por encima de la paridad, es posible cuestionar la reducción numérica de un problema
que permanece en nuestra sociedad y, el cual, pretende eludirse mediante la exposición
cuantitativa. Sin demeritar la significación de la parte femenina en medicina, esta no es
suficiente para la eliminación de otras brechas ni de otras formas de violencia, como tampoco
para la eliminación de las estructuras que las permiten. La sola presencia de mujeres no basta
para erradicar la violencia cuando se las ha integrado a la práctica de la misma. En este sentido,
la integración de individuos no logra la eliminación de formas sistémicas de violencia, por el
contrario, lo más usual es que estos individuos, mujeres en concreto, asimilen las estructuras de
violencia como condición previa a su integración. El concepto de dispositivo nos permite
clarificar esto: la violencia de género se perpetúa como un dispositivo que, incluso en las mujeres,
conforma las subjetividades de sus integrantes como condición para el éxito en espacios
violentos.
Por ello, se considera pertinente incluir dos propuestas mínimas de acción. Por una parte,
la inclusión de asignaturas con perspectiva de género (como ya se implementa, por ejemplo, en
la carrera de medicina en la UACJ) complementarias a los planes de estudio del grado de
medicina, que sean impartidas por docentes con capacitación y sensibilidad suficiente sobre
estos temas, para que, desde la formación, la medicina permita la inclusión de lo que se asume
como femenino, y sea una alternativa al sometimiento de una masculinidad machista que pervive
bajo diversas formas y batas. Por otra, la intención de este artículo, la necesaria reflexión desde
categorías conceptuales de corte cualitativo, en específico filosóficas, para atender problemáticas
y cuestionar el reduccionismo cuantitativo que solo oculta y niega situaciones de mayor
complejidad donde pervive la violencia.
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