NEOLIBERALISMO Y PSICOPOLÍTICA: PROCESOS, (PRE)TENSIONES, PARTICIPANTES Y ENTRECRUCES
so, pues este no proviene desde fuera desde ese “otro” que impone o demanda. Los empleadores
motivan a sus trabajadores a crecer de manera profesional, pues posibilita la creencia de que uno no
trabaja para engrandecer una empresa, en el sentido de meta o de compañía “impersonal”, sino de
crear su propia marca, lo cual complica la rebelión tradicional contra estos esquemas.
Han señala: “Hoy cada uno es un trabajador que se explota a si mismo en su propia empresa“1
(Chul-Han, 2014. P.16). La lucha de clases tradicionalmente descrita y problematizada por Marx como
ese enfrentamiento de los contrarios, de los dueños de los “medios de producción” y quienes los
trabajan, parece tomar rutas alternas, dónde la atención ya no se encuentra en la lucha antagónica
pragmático-discursiva como tal, sino que va más allá instalándose en el individuo mismo que las
compone, ya no en el dominio de su corporalidad o mero disciplinamiento de ésta, sino sobre su psique,
migrando paulatina pero silenciosamente de los sistemas de producción de la era industrial, propios
de las sociedades disciplinarias, a los del conflicto del sujeto consigo mismo propio de la era
posindustrial.
Esta dinámica incesante de lucha interna se ha visto potencializada estratégicamente por el
sistema capitalista desde finales del siglo XVIII a través del liberalismo. El cual fortificado de la mano
de las nacientes sociedades democráticas tanto en Europa como en América consolidó pautas y
mecanismos para una relación cercana entre Estado, capital privado y legislación. El liberalismo
posibilitó la transición no solo en la arena política alcanzada con el triunfo de los procesos
independentistas y de rompimiento con las monarquías absolutistas. Sino también de tipo económico
pues los esquemas propios de la colonia como la real hacienda con sus impuestos, tributos y demás
elementos heredados del ya desdibujado feudalismo medieval, dieron pie a una reorganización de los
sistemas de producción propios de un nuevo contexto.
Por su parte el neoliberalismo como sistema aun cuando sus origenes se remontan a las décadas
de los años 30 academicamente y con su punto culmen en la década siguiente con el trabajo
colaborativo de Filosófos, diplomáticos, funcionarios Alemanes como académicos Austriacos y
Estadounidenses, conocida como la Sociedad Mont Pelerin (región en los alpes suizos donde se llevó a
cabo) abrió las fronteras de las naciones al comercio internacional a partir de la década de los años 80,
siendo Reino Unido con Margaret Tatcher el referente en Europa, mientras que Estados Unidos con
Ronald Reigan su principal impulsor en América. Dándose con esto un paso a un nuevo sistema
económico-político de carácter mundial. Siendo uno de los elementos de dicho proceso la visibilización
del re-acondicionamiento del sujeto o ciudadano en “consumidor”. La tradicional pasividad y
discresionalidad en el manejo del sistema democrático representativo mexicano ha dado paso a otros
económicamente potencializados que buscan vincular un rol más “activo” bajo preceptos de los
esquemas de las democracias participativas en donde el ejercicio de la libertad y los derechos humanos
son de igual forma vinculatorios, pero a la par comercializables.
El consumo como actividad liberadora ha experimentado una actualización pragmática
valiéndose de la pasividad como manifestación que le relaciona con todo lo que le administra. Han
señala que La “participación activa” como tal parece ser suplida por solo la mera expresión de una
“inconformidad latente,” caracterizada por su superficialidad e inoperancia. A su vez (bajo este
esquema clientelar) las estructuras políticas deben primordialmente ponderar y satisfacer las
necesidades “clientelares” de los votantes, para lo cual se generan discursos que abonen a dichas
narrativas, entre ellas la transparencia como referente de legalidad. Al respecto Chul Han señala: “La
reivindicación de la trasparencia presupone la posición de un espectador que se escandaliza. No es la
reivindicación de un ciudadano con iniciativa, sino la de un espectador pasivo”1.
La transparencia no radica únicamente pues, en el eficiente, claro y pronto acceso a la
información, de su manejo y administración de presupuestos, de sus programas con base en
resultados, índices y partidas, sino más bien en cómo la “clase política” se desnuda a manera de un
performance en busca de satisfacer el deseo (re)direccionado del espectador votante por dicha
expresión. Esto es significativo, pues dicho reajuste de visibilidad se convierte en un referente que
posibilita distintas dinámicas para un ejercicio de la libertad política.
Respecto del poder, Han advierte que este tiene, por decir lo menos, múltiples formas de
manifestación y aproximación, las cuales no son estáticas, y que además no suelen estar limitadas a la
simple narrativa del mandato y la orden, del castigo y la recompensa, pues ese mismo uso de la fuerza
o la violencia pone de manifiesto la limitante o falencia que dicho esquema tiene, pues mientras existan
rescoldos combativos que busquen acabarle se muestra de manera visible y manifiesta la
inoperatividad de dicho sistema. El poder adecua sus elementos y configuraciones incrementando su
efectividad, para lo cual modifica su operatividad y entra en una especie de “modo fantasma”, que
una reivindicación social tangible. Esto, buscando un distanciamiento del esquema disiciplinario, el cual
explicado a través de la dialéctica Hegeliana del “amo” y el “esclavo”, donde la relación aun cuando
asimétrica y parcializada es mutuamente vinculante, el amo se encuentra inescapablemente en una
dinámica de vinculación pragmático-discursiva con el esclavo. No solo ordena lo que debe hacerse, sino
cómo hacerlo, en qué momento y bajo qué condiciones. El esclavo recibe desde ese “otro” una forma y
sentido a todo lo que “hace”, y de igual manera de lo que es reducido a “ser”, su voluntad se encuentra
supeditada al mandato.
Mientras que por su parte el sujeto del rendimiento de la “Sociedad del cansancio” referida por Han
el individuo se “explota a sí mismo” de manera incluso aún más despiadada, pues no hay pulsión, espacio,
momento o rincón alguno donde escapar de la vigilancia y control que uno puede ejercer sobre sí mismo.
Esto visibible en categorías de empleo como el free lancing y el “home office” entre otros, potencializado
exponencialmente por la emergencia sanitaria derivada en la pandemia COVID-19 de 2020 a 2023. La
recategorización del “yo”, ya no como sujeto a dominación, sino como individuo como proyecto, como
“posibilidad” justifica cualquier medida, exigencia o incluso auto-abuso, pues este no proviene desde
fuera desde ese “otro” que impone o demanda. Los empleadores motivan a sus trabajadores a crecer de
manera profesional, pues posibilita la creencia de que uno no trabaja para engrandecer una empresa, en
el sentido de meta o de compañía “impersonal”, sino de crear su propia marca, lo cual complica la rebelión
tradicional contra estos esquemas.
Han señala: “Hoy cada uno es un trabajador que se explota a sí mismo en su propia empresa“
(Chul-Han, 2014. P.16). La lucha de clases tradicionalmente descrita y problematizada por Marx como
ese enfrentamiento de los contrarios, de los dueños de los “medios de producción” y quienes los trabajan,
parece tomar rutas alternas, dónde la atención ya no se encuentra en la lucha antagónica pragmático-
discursiva como tal, sino que va más allá instalándose en el individuo mismo que las compone, ya no en
el dominio de su corporalidad o mero disciplinamiento de ésta, sino sobre su psique, migrando paulatina
pero silenciosamente de los sistemas de producción de la era industrial, propios de las sociedades
disciplinarias, a los del conflicto del sujeto consigo mismo propio de la era posindustrial.
Esta dinámica incesante de lucha interna se ha visto potencializada estratégicamente por el sistema
capitalista desde finales del siglo XVIII a través del liberalismo. El cual fortificado de la mano de las
nacientes sociedades democráticas tanto en Europa como en América consolidó pautas y mecanismos
para una relación cercana entre Estado, capital privado y legislación. El liberalismo posibilitó la
transición no solo en la arena política alcanzada con el triunfo de los procesos independentistas y de
rompimiento con las monarquías absolutistas. Sino también de tipo económico pues los esquemas
propios de la colonia como la real hacienda con sus impuestos, tributos y demás elementos heredados del
ya desdibujado feudalismo medieval, dieron pie a una reorganización de los sistemas de producción
propios de un nuevo contexto.
Por su parte el neoliberalismo como sistema aun cuando sus origenes se remontan a las décadas de
los años 30 academicamente y con su punto culmen en la década siguiente con el trabajo colaborativo de
Filosófos, diplomáticos, funcionarios Alemanes como académicos Austriacos y Estadounidenses,
conocida como la Sociedad Mont Pelerin (región en los alpes suizos donde se llevó a cabo) abrió las
fronteras de las naciones al comercio internacional a partir de la década de los años 80, siendo Reino
Unido con Margaret Tatcher el referente en Europa, mientras que Estados Unidos con Ronald Reigan su
principal impulsor en América. Dándose con esto un paso a un nuevo sistema económico-político de
carácter mundial. Siendo uno de los elementos de dicho proceso la visibilización del re-
acondicionamiento del sujeto o ciudadano en “consumidor”. La tradicional pasividad y discresionalidad
en el manejo del sistema democrático representativo mexicano ha dado paso a otros económicamente
potencializados que buscan vincular un rol más “activo” bajo preceptos de los esquemas de las