grandes naciones de Europa siendo amenazadas por unos implacables invasores provenientes
del Este. El káiser, convencido de que se le había confiado una visión de un futuro terrible,
mandó a elaborar una pintura que les fue enviada a los líderes europeos y a William Mckinley,
el entonces 25º presidente de los Estados Unidos. En el título de la pintura se podía leer la
expresión: “fue que ‘El Buda’ ‘ídolo pagano’ monta un dragón chino que representa el demonio
de la destrucción” (Lee, 2015, p. 122).
La pintura llevó por nombre Die Gelbe Gefahr (The Yellow Peril), o Peligro Amarillo. Esta
ilustraba la amenaza que los migrantes de raza amarilla, representarían si se lograban internar
en Europa. Para el káiser su sueño estaba justificado, pues ese mismo año, Japón sorprendió al
mundo con su extraordinaria derrota sobre China en la guerra chino-japonesa. El káiser estaba
convencido de que los nipones serían los siguientes en intentar conquistar Europa. El mensaje
transmitido desde Alemania tuvo una gran audiencia en Estados Unidos en donde la aprensión
por la expansión del imperio japonés aumentó los temores existentes de que los inmigrantes
japoneses estaban acrecentando su número, quitando empleos y preparándose para una
eventual invasión del hemisferio occidental. Estas ansiedades que emanaba el “peligro amarillo”,
explica Lee (2015), se convirtieron en conversaciones que traspasaron fronteras y la incesante
amenaza sobre la “raza blanca” que circulaba por América del Norte y Sur (pp. 191-209). Dichas
ideas se vieron impresas en México, con influencia en Chihuahua.
Para el caso de México, González Navarro (1994), manifiesta varias de las causas por las
que los inmigrantes llegaron a suelo mexicano a finales del siglo XIX, correspondiendo a la
política colonizadora de Porfirio Díaz a la par de la Ley de Extranjería y Naturalización expedida
el 20 de mayo de 1886 (pp. 51-90). Solo dos años después, en 1888, se despertó en Japón un
interés por venir a México, por lo que ambos países firmaron el Tratado de Amistad, Comercio y
Navegación el mes de noviembre, y diez años más tarde se afianzaría la primera colonia de
japoneses en suelo mexicano (Ota Mishima, 1997, pp. 55-84).
En Chihuahua, años después, los censos muestran que los japoneses se dedicaron a la
minería, comercio, abarrotes. También fueron restauranteros, peluqueros o propietarios de
pequeños negocios. En el primero de ellos, según el INEGI (1895) en el Censo General de la
República hubo en Chihuahua dos japoneses. Ota Mishima (1997) explica que varios japoneses,
al sentir la represión por las leyes de los Estados Unidos, optaban por cruzar ilegalmente al lado
mexicano (p. 57), por lo que esta opción puede rondar al registro de estos dos nipones, es su
procedencia desde el vecino del norte.
Para resaltar el caso del censo de 1895, Camposterga Cruz (1997), recalca que “la
información de los censos presenta diferentes niveles de calidad en el curso de los años. De esta
manera, los cuatro primeros censos publican datos muy defectuosos, en particular los de 1895 y
1921” (p. 28). Haciendo énfasis, en el caso del primer censo, que la defectuosa información se
debió a la inexperiencia de aquellos que lo llevaron a cabo. El estudio realizado por este
investigador primero muestra los números publicados originalmente por el censo, que, en el caso
de los nipones en 1895, se registraron una cantidad de veintisiete, en su corrección se
reconocieron solo dos japoneses más. Para el estado de Chihuahua, Camposterga Cruz (1997),
enlista una población total de 3,209 migrantes (p. 40).
Cuatro años más tarde, Chihuahua aún no contaría con una cantidad significativa de
migrantes japoneses. Por ejemplo, de los primeros nipones registrados en el AHMCJ se
encuentra Francisco Takano, que en 1901 llegó a Ciudad Juárez siendo un comerciante