sujetos (en tanto pacientes), pero se concreta en su formación académica (estudiantes de
medicina), se refuerza en sus prácticas iniciales (servicio social y prácticas profesionales) para
concretarse y reproducirse durante su actividad profesional, a la cual llega solo quien lo ha
reproducido con éxito al atravesar por el proceso formativo. Asimismo, el biologicismo asume
centrarse en la objetividad del cuerpo humano, con lo que minimiza a las personas según las
variaciones de normalidad (salud) y anormalidad (enfermedad), por lo cual deja de lado sus
dimensiones psicológicas, sociales (Engel, 1977; Menéndez, 2020) y, por ende, de género
(Vargas-Acevedo, 2021).
Al uniformar las creencias, conocimiento y prácticas médicas, el biologicismo configura
la identidad médica desde su formación académica y sus prácticas profesionales. En términos
generales, consideremos que la identidad “…es social y depende de los otros para su
consolidación… [no obstante], se somete a procesos continuos de construcción y de negociación
donde la persona ejerce estrategias para establecer credibilidad y personalidad” (Mandoki,
2006, p. 76). Además, para comprender la especificidad de la identidad médica, consideremos
el concepto de “galenidad”, postulado por la médica y filósofa Marcia Villanueva Lozano (2019).
Esta galenidad o identidad médica “está representada por narrativas grupales socialmente
compartidas… implica sobre todo tener prácticas sociales de personeidad basada en ella, con sus
cuatro elementos: la subjetividad (pensar y sentir como médico), la expresión (comportarse
como médico), el reconocimiento y la respuesta (ser visto y tratado como médico)” (Villanueva
Lozano, 2019, p. 137). En otras palabras, la galenidad es la identidad propia del gremio,
integrada, modificable y exteriorizada por quienes estudian y ejercen la medicina, con el
consecuente reconocimiento profesional, dentro y fuera del gremio.
La galenidad es planteada como posibilidad de mejora y “malignización”. En el primer
caso, permite a quienes la poseen optimizar su estatus social, su autoestima, su autopercepción
como profesionistas y su carácter (Villanueva Lozano, 2019). En el segundo, involucra la
modificación del carácter marcada por la desmotivación, la deshonestidad, la ira, la
insensibilidad y la falta de empatía. En la identidad, al ser cambiante, estos procesos aparecen
en distintas relaciones no estáticas: complemento, oposición, subordinación o transición.
En los puntos desarrollados, los rasgos de la galenidad, sin ser exclusivos del hombre,
coinciden con los de una masculinidad machista aún dominante. Si bien, como señala Didier
Machillot (2013), en Machos y machistas. Historia de los estereotipos mexicanos, hay
dificultades en una definición universal y atemporal del macho y del machismo, es posible ubicar
ciertos patrones. Entre ellos, destacamos naturalización de una supuesta superioridad del
hombre, la preeminencia de los valores a él asociados y la fuerza como forma de posicionamiento
en un mundo real, por oposición a una mujer subordinada, cuyas actividades resultan de
segundo orden y atrapada en un mundo irreal venido del sentimentalismo.
Así, encontramos entre la galenidad y el machismo diversos paralelos : ambas comparten
la ambigüedad de aquella figura del “macho revolucionario” como un hombre valiente que lucha
por su tierra y encuentra en ello su identidad, pero, al mismo tiempo, ahí reside su malignización,
en el dominio, la fuerza y el menosprecio, por enunciar algunas; asimismo, la polaridad entre la
objetividad/fuerza buscadas y el sentimentalismo como rasgo de un despreciado
afeminamiento; el posicionamiento del proveedor que minimiza a las figuras destinadas a los
cuidados; la jerarquía, competencia e, incluso, rudeza, con su imposición, ante lo subordinado,
pasivo y cuidadoso. En este sentido, mientras el machismo desprecia lo femenino en una falsa
exaltación que lo lleva a la violencia, la galenidad hace lo mismo ante aquellas figuras que