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2025 | Qvadrata, estudios sobre educación, artes y humanidades, 7(14), 53-60
https://10.54167/qvadrata.v7i14.1928
e-ISSN: 2683-2143
Juan Granados Valdéz
Universidad Autónoma de Querétaro (México)
Recibido: 2025/02/9
Aceptado para su publicación: 2025/04/21
Publicado: 2025/06/10
RESUMEN
Recientemente la noción de símbolo ha vuelto a los estudios
disciplinares e interdisciplinares. Para este trabajo,
empero, me detendré particularmente en las filosofías del
símbolo de Cassirer (1968, 1998a, 1998b, 2016) y sus
seguidores, a saber, Langer (1948) y Nicol (2001, 2003);
además, sumaré algunas ideas de Sloterdijk (2006a,
2006b). Planteo que estas filosofías mantienen una
concepción difusa del símbolo o, más bien, que el símbolo
al que apelan estas filosofías es difuso. Lo digo porque el
símbolo de estas filosofías sólo permite ver a lo lejos, sin
precisión, es decir, vislumbrar algo más que la
interconexión de símbolos con usuarios, objetos y otros
símbolos.
PALABRAS CLAVE
humano, mundo, naturaleza, símbolo,
lenguajeH
Como citar (APA 7ª Edición):
Granados, J. (2025). Las filosofías del Símbolo o del Símbolo Difuso en Cassirer, Langer y Nicol.
Qvadrata, estudios sobre educación, artes y humanidades, 7(14), 53-60.
https://10.54167/qvadrata.v7i14.1928
Introducción
De un tiempo a la fecha abundan los estudios sobre el símbolo. Hay sociologías del símbolo,
antropologías del símbolo, psicologías del símbolo y filosofías del símbolo. Incluso se indaga sobre las
artes y el símbolo, esto es, sobre el simbolismo de éstas. Asimismo, hay trabajos sobre las religiones y el
símbolo. Las diferencias que tienen en la concepción acerca de la naturaleza y el valor del símbolo son
notables. Las ciencias sociales han secularizado los símbolos. Las artes se niegan a ser simbólicas o sus
símbolos son confusos. Las religiones y sus tratadistas reconocen que el sentido de éstas es simbólico.
Algunas filosofías, por su parte, con su aspiración universal, han planteado que el ser humano es un
animal simbólico. En las culturas humanas, ni todos los símbolos son los mismos ni todo lo simbolizado
por ellos permanece igual. Es común, sin embargo, que haya símbolos en todas las culturas; a los símbolos
se los encuentra por todos lados. Así, se ha retomado recientemente, la noción de símbolo para entender
la cultura y al ser humano.
Las filosofías del símbolo o del símbolo difuso en Cassirer, Langer y Nicol
[en] The philosophies of the symbol or diffuse symbol in Cassirer, Langer and Nicol
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Para los fines de este trabajo, me detendré particularmente en las filosofías del símbolo de Cassirer
(1968, 1998a, 1998b, 2016) y sus seguidores, a saber, Langer (1948) y Nicol (2001, 2003). Además,
sumaré algunas ideas de Sloterdijk (2006a, 2006b). Lo que planteo es que estas filosofías mantienen una
concepción o noción difusa del símbolo o de los símbolos, que el símbolo al que apelan estas filosofías es
difuso, entendiendo por ello que no tiene claridad o precisión, porque o es muy extenso o se lo ve, aplicado
al símbolo y lo simbolizado, a lo lejos. A su vez, como definición nominal, basada en su etimología, partiré
de que el símbolo es el signo que une dos cosas, dos elementos o dos dimensiones, a saber, lo material
con lo espiritual, lo empírico con lo conceptual, lo literal con lo figurado. De estas dos partes, una nos
pertenece y es con la cual se busca la otra. Se tiene la parte individual, concreta, sensorial y corporal del
símbolo, y se espera que lleve a la universal, abstracta, conceptual y espiritual (Beuchot, 2005).
Desarrollo
Ernst Cassirer nació en 1874 y murió en 1945. Fue un filósofo alemán de origen judío, y ciudadano
sueco desde 1939. Se lo reconoció por su obra titulada Filosofía de las formas simbólicas en el campo de
la filosofía de la cultura, a la que se suman Antropología filosófica y otras. También hizo contribuciones
a la epistemología, la filosofía de la ciencia y la historia de la filosofía; y sus aportaciones al estudio del
ser humano, el símbolo y la naturaleza simbólica del arte y la cultura general, son insoslayables (Cassirer,
1968, 1998a, 1998b, 2016). Para este filósofo el ser humano es un animal simbólico, utiliza símbolos para
configurar su mundo cultural.
En el sistema de símbolos (lenguaje, mito, religión, ciencia y arte), el espíritu humano se expresa
de manera universal y variable: “Una de las mayores prerrogativas del simbolismo humano es la
aplicabilidad universal, debida al hecho de que cada cosa posee un nombre. Pero no es la única. Existe
otra característica de los símbolos que acompaña y completa a ésta y forma su necesario correlato. Un
símbolo no sólo es universal sino extremadamente variable. Puedo expresar el mismo sentido en idiomas
diversos y, aun dentro de los límites de un solo idioma, una misma idea o pensamiento puede ser
expresada en términos diferentes” (Cassirer, 1968, p. 35). Lo mismo que para Eliade (1994) y Ricoeur
(1982), para Cassirer (1968) el símbolo es el signo más rico, más cargado de significado (Cfr. Beuchot,
2013, p. 8). La crítica de la razón de Kant, en Cassirer se vuelve de la cultura: “Cassirer adoptó y elaboró
o desarrolló las ideas que Kant dejó solamente señaladas, como las de símbolo, concepto-límite, lenguaje,
religión y arte o estética” (Beuchot, 2016a, p. 14). Para Cassirer “la forma simbólica es una composición
del mundo, que surge de la mente, y tiene que ser medida dentro de su contexto cultural, en el marco del
cual cobra sentido; tiene que ser deducida del principio fundamental de su propia formación […] En el
símbolo, la cultura se revela en un objeto, el espíritu en la materia […] El símbolo […] condensa un
significado universal en una realidad particular y concreta. Es un punto en el que lo universal se hace
concreto. En él debe ser detectado el movimiento de lo que allí se da detenido” (Beuchot, 2016a, pp. 14–
16).
En su Antropología filosófica, en el capítulo II de la Primera parte, “Una clave de la naturaleza
del hombre: el símbolo”, Cassirer expone brevemente lo que considera el universo simbólico de
desenvolvimiento del ser humano. Johannes von Uexküll dice que la vida no se reduce a procesos
químicos o físicos, o, en otras palabras, que “La realidad no es una cosa única […] se haya […]
diversificada, poseyendo tantos esquemas y patrones diferentes cuantos diferentes organismos hay. Cada
organismo […] Posee un mundo propio, por lo mismo que posee una experiencia peculiar” (Cassirer,
1968, p. 25). Cada organismo posee un sistema receptor y uno efector con los que recibe estímulos de la
realidad y reacciona a ellos, respectivamente. Ante esto Ernst Cassirer pregunta si es posible aplicar el
mismo esquema a la vida y el mundo humanos. Con lo que, si bien ninguno está exento de las leyes que
gobiernan la vida, no obstante, sería posible identificar una característica que distingue la vida del ser
humano de la del resto de los seres vivos. A diferencia de éstos, afirma nuestro autor, el ser humano ha
encontrado una forma distinta, cualitativa y cuantitativamente hablando, de adaptación a su ambiente:
“Entre el sistema receptor y el efector […] hallamos en él [el hombre] como eslabón intermedio algo que
podemos señalar como sistema “simbólico”” (Cassirer, 1968, p. 26). El ser humano no sólo vive una
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realidad más amplia, sino que vive en una dimensión distinta (una segunda naturaleza). Mientras los
animales reaccionan a los estímulos del medio, el ser humano responde; mientras lo primero es
inmediato y directo, lo segundo es mediato, demorado e indirecto, retrasado por el proceso de
pensamiento que lo prepara. Para quienes, como Rousseau, piensan que es una depravación ir más allá
de la naturaleza, Cassirer señala que no hay vuelta atrás, no hay reversión al orden natural: “El hombre
no puede escapar de su propio logro” (Cassirer, 1968, p. 26), esto es, de la cultura.
El ser humano no vive ya o únicamente en un universo físico, sino en uno producido por él, el
simbólico. “El símbolo, que es el signo más rico, ocupa mucho lugar en nuestras vidas. Como dice
Cassirer, desde que nacemos hasta que morimos estamos rodeados de símbolos” (Beuchot, 2010, p. 12).
El ser humano no puede enfrentarse con la realidad de manera inmediata, “cara a cara”. La red de este
universo la conforman el lenguaje, la historia, el mito, la religión y el arte. Se ha envuelto en palabras,
imágenes, sonidos y estímulos artísticos, mitos, ritos religiosos, de los que no puede conocer nada sino a
través de este medio artificial: el símbolo. Y ese conocimiento es un conocimiento de sí mismo, pues al
serle imposible volver la vista a la realidad natural que dejó atrás en algún momento, cuando no se
interponía un medio artificial, ahora se encuentra consigo mismo y con otros que, como él, participan,
heredan y continúan la respuesta humana al ambiente, es decir, el universo simbólico. Sus más profundos
e instintivos sentimientos están marcados por el símbolo (que es, también, una marca). Aunque no ha
perdido validez la definición clásica del ser humano como animal racional, la razón, insiste Cassirer, es
insuficiente si con ella quiere darse cuenta de las formas de la vida cultural humana en toda su riqueza y
diversidad, formas que son, todas, simbólicas. Hay símbolos, la cultura es rica y el ser humano no sólo es
racional: “en lugar de definir al ser humano como un animal racional lo definiremos como un animal
simbólico. De este modo podemos designar su diferencia específica y podemos comprender el nuevo
camino abierto al hombre: el camino de la civilización” (Cassirer, 1968, p. 27). El ser humano se da cuenta
de que es más que el animal y que eso se concentra en los símbolos que es capaz de producir, por eso
merece ser llamado animal simbólico.
Los símbolos son productos humanos. “Un símbolo humano genuino no se caracteriza por su
uniformidad sino por su variabilidad. No es rígido o inflexible sino móvil” (Cassirer, 1968, p. 36). La
respuesta que el ser humano da reflexivamente al ambiente es simbólica; punto intermedio entre el
sistema receptor y efector de todo ser humano, y que refleja un desprendimiento cuantitativo y cualitativo
de la naturaleza y la realidad al momento de crear su propio universo. Si todo el universo humano,
distanciado así del natural, es simbólico, los productos surgidos en este universo lo son también. Se trata,
pues, de una segunda naturaleza.
Susanne Langer, filósofa norteamericana y seguidora de Ernst Cassirer, nació en 1895 y murió en
1985. Es conocida por su libro Nueva clave de la filosofía. Un estudio acerca del simbolismo de la razón,
del rito y del arte, de 1948. Ella concebía la investigación filosófica como una que debería enfocarse en
los símbolos y la simbolización de las actividades humanas. De acuerdo con Beuchot, esta filósofa es una
de los que han planteado que los símbolos nos hacen vivir: “Los símbolos nos representan esos aspectos
profundamente humanos, por lo cual se plantean como algo que hace vivir, que mueve a actuar en la vida.
Lo mismo ha señalado Whitehead, quien insiste en la importancia del simbolismo en nuestras vidas. Y
muchos otros pensadores han marcado esa importancia, desde Susan Langer, pasando por Mircea Eliade,
hasta llegar, más recientemente, a Gadamer y Ricoeur” (Beuchot, 2010, p. 12).
Langer distinguió entre señales (las de los animales), signos (que unen significado y significante),
y símbolos (con los que se habla de las realidades humanas). Cassirer también lo dice: “A los fines de una
exposición clara del problema hay que distinguir cuidadosamente entre signos y símbolos. Parece un
hecho comprobado que se da un complejo sistema de signos y señales en la conducta animal, y hasta
podemos decir que algunos animales, especialmente los domesticados, son extremadamente susceptibles
a ellos […] Pero hay una distancia inmensa desde estos fenómenos a la inteligencia del lenguaje simbólico
y humano […] Señales y símbolos corresponden a dos universos diferentes del discurso: una señal es una
parte del mundo físico del ser; un símbolo es una parte del mundo humano del sentido. Las señales son
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"operadores"; los símbolos son "designadores"” (Cassirer, 1968, pp. 31-32). Para Langer el simbolismo es
la nueva clave de la filosofía. Concebir los datos de los sentidos como símbolos y el manejo simbólico
universal de lo real permitió que "el edificio entero del conocimiento humano se presente ante nosotros,
no como una vasta colección de informes procedentes de los sentidos, sino como una estructura de hechos
que son símbolos y de leyes que son sus significaciones" [“the edifice of human knowledge stands before
us, not as a vast collection of sense reports, but as a structure of facts that are symbols and laws that
are their meanings” (Langer, 1948, p. 16)]. En la noción fundamental de simbolización radica la clase de
problemas concernientes al ser humano. Lo característico de éste, que le ha dado enorme poder, no es la
sensibilidad o la memoria, sino la capacidad de simbolizar. Ésta comienza con la palabra y acaba con la
simbolización de los modos como los humanos tratan las cosas. Así, pues, los símbolos lo son de
realidades humanas. Para Langer, en la línea de Cassirer, el conocimiento mismo es simbólico. Los
símbolos han dado poder al ser humano.
Sin embargo, no puede no notarse que los símbolos, tal como se los trata filosóficamente, son
difusos. Y lo son porque quedan a lo lejos, incluso en importancia, o queda como borroso aquello con lo
que conectan. Que queden a lo lejos significa que filosóficamente se los aprehende en su generalidad y no
en su particularidad concreta y tampoco se vislumbra con claridad lo que hay detrás de los símbolos, lo
que los fundamenta, más allá del poderío que le conceden al ser humano.
Naturalizado mexicano, Eduardo Nicol fue un filósofo español, nacido en 1907. Destacan sus
obras Metafísica de la expresión y Crítica de la razón simbólica. Murió en 1990. Para Nicol todo hablar
refiere al ser. Su metafísica, por eso, se funda en la comunicación. El lenguaje permite al ser humano dar
sentido a la realidad y al otro. La expresión integra vitalmente al ser humano con el mundo y revela su
afán por complementarse en el espacio y el tiempo. El ser humano oscila entre lo dado y la posibilidad,
entre lo nombrable y lo que tiene sentido. El lenguaje es simbólico porque en él el ser se hace presente en
la diferencia. El ser se crea en una relación con los otros de manera simbólica. (Nicol, 2001). Eduardo
Nicol, después de un largo recorrido de justificación y precisión de la Metafísica de la expresión, propone
el modo de expresión —por cierto, simbólico— del sentido (lo que expresa) del ser humano (quien
expresa) (Nicol, 2003). Este modo de expresión se da en lo que llama “relaciones simbólicas”.
La primera relación simbólica se refiere a que “Todo símbolo, en tanto que es un producto del ser
humano, guarda primariamente relación con su productor” (Nicol, 2003, p. 249). La segunda afirma que
“Todo símbolo establece una relación entre el yo que lo produce o lo emplea y el otro yo que lo interpreta”
(Nicol, 2003, p. 252). La tercera relación se expresa así: “Todo símbolo tiene un contenido significativo,
y guarda relación con un objeto intencional que constituye la base real de su inteligibilidad” (Nicol, 2003,
p. 258). El símbolo es un instrumento de comunicación y transmisión que alcanza su cumplimiento
cuando apunta, señala, indica intencionalmente un objeto. Es el objeto al que se dirige su intención, que
bien puede ser un sentimiento o una idea, una situación o un momento, una provocación o una
suscitación, un objeto en sentido estricto o reflexivamente. La cuarta relación simbólica sostiene que:
“Todo símbolo guarda relación con otros símbolos, y se integra con ellos formando un sistema con su
propia unidad de sentido” (Nicol, 2003, p. 265). Y la quinta y última relación simbólica es la siguiente:
“Todo símbolo es histórico, en tanto que ha sido creado por el ser humano y en tanto que es sujeto de una
evolución dentro de su propio sistema formal. La función significativa y comunicativa que cumple en una
situación presente depende de la relación no interrumpida con su pasado” (Nicol, 2003, p. 268).
Las cinco relaciones simbólicas que propone Nicol, también en la línea de Cassirer, explican que
los símbolos están en el universo simbólico del ser humano, lo que desemboca inevitablemente en el
estudio antropológico. Sin embargo, los símbolos son difusos, también por el planteamiento tan general
que hace. De las cinco relaciones que propone Nicol, la primera y segunda relaciones se establecen entre
“algo” y “alguien”. Puede ser que el algo sea palpable (un texto, una escultura, una imagen, etc.), pero el
“alguien” es algo más complejo, porque el símbolo no remite a lo palpable del ser humano. De hecho, la
tercera relación se refiere a la intencionalidad. Cuando la cuarta relación establece el vínculo entre
símbolos para apelar a su “significado”, se llega al extremo de los castillos en el aire: construcciones cuya
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solidez, validez, relevancia y demás, pareciera depender sólo de sí mismas. Pero los símbolos no significan
por sí, como puede verse en las tres relaciones previas, luego son meras burbujas de la subjetividad. La
quinta relación es una mera vuelta al antropocentrismo de las primeras. Lo que el símbolo representa
concretamente para los seres humanos y aquello con lo que conecta profundamente se ve, entonces, como
borroso.
Peter Sloterdijk (1947) es un filósofo alemán, catedrático de la Escuela de Arte y Diseño de
Karlsruhe. Entre su ya vasta obra hay dos textos que por su temática se relaciona con las filosofías del
símbolo que hasta ahora se han tratado. Una es Normas para el parque humano, de 1999, cuyo subtítulo
es “Una respuesta a la Carta sobre el humanismo de Heidegger”. La otra es Venir al mundo, venir al
lenguaje.
En Normas para el parque humano dice que, según el poeta Jean Paul, todos los libros antiguos,
de Platón a Cicerón, son cartas teledirigidas a amigos lejanos y desconocidos, incluso, para los emisores,
con la intención (o la idea) de domesticar (introducir, inducir, iniciar) a otros, para que se alejen de las
prácticas embrutecedoras. En esto encuentra la esencia y la función del humanismo, tal como lo concibe.
El humanismo es, pues, telecomunicación que funda amistades por medio del (lenguaje) escrito. La
humanitas es una consecuencia de la alfabetización. No sólo hace falta quienes escriban los libros, faltan
los lectores (o los adeptos). “El humanismo, tanto en el fondo como en la forma, tiene siempre un «contra
qué», pues supone el compromiso de rescatar a los seres humanos de la barbarie” (Sloterdijk, 2006a, p.
31). El tema latente del humanismo es la domesticación del ser humano: “su tesis latente: una lectura
adecuada amansa” (Sloterdijk, 2006a, p. 32). Es inquietante el hecho de que se retorne a un estado salvaje
donde se desencadenen situaciones de violencia. Piénsese en el circo romano, en ese sangriento
espectáculo que atraía a miles, y que hacía de estos una masa uniforme y desquiciada que exigía más
sangre, más violencia. El humanismo tiene una concepción antropológica muy clara: “el hombre es un
animal racional”, y de lo que se trata, pues, es de alejar al ser humano de lo animal y acercarlo a lo
racional: “El potencial de la barbarie que se libera en épocas de interacciones humanas violentas suele
coincidir con los tiempos en que más alta y apremiante es la voz reclamando humanismo. Quien hoy
pregunta por el futuro de la humanidad y los medios de humanización en el fondo quiere saber si hay
esperanzas de tomar bajo control las actuales tendencias asilvestradoras del hombre” (Sloterdijk, 2006a,
pp. 31–32). Se trata de la batalla humana entre las tendencias embrutecedoras y las amansadoras.
Después habla de Heidegger y su Carta sobre el humanismo, que cuestiona la idea sobre el mismo
y pide que se deje de pensar al ser humano como animal racional y ahora se lo piense como pastor del ser
o guardián de su verdad (Cfr. Sloterdijk, 2006a, pp. 36–52). Tampoco funciona esto, dice Sloterdijk,
quien recuerda que el Zaratustra de Nietzsche se encuentra con casas pequeñas y no sabe qué pasa con
esos seres humanos, en qué se han convertido. Ni el humanismo clásico ni el del filósofo de la Selva Negra
dan cuenta de todas las prácticas domesticadoras que se llevan a cabo. Nietzsche sí. Sloterdijk plantea
que el amansamiento (domesticación humanística) del ser humano, por medio de la lectura obligatoria
de escritos canónicos, fracasó rotundamente frente a la sociedad de la información y la comunicación y
el cotidiano, no cabe duda, embrutecimiento de las masas. El humanismo ha demostrado, a la fecha, ser
una ilusión. Las estructuras políticas y económicas no se han dejado organizar según el modelo, muy
amable, de las sociedades literarias. De igual manera ha demostrado ser impotente y se ha revelado como
una técnica para conseguir el poder. La nación tiene su objetivo en la escuela. Las distinciones entre sujeto
y objeto, y entre señores y esclavos, han sido disueltas por el predominante factor de la información. El
desciframiento del genoma humano y la intrusión de lo mecánico en lo subjetivo, ya superaron la
naturaleza del ser humano y su técnica. De lo que se trata ahora es de eugenesia y de antropotécnicas.
La urgencia de estas cuestiones ya no puede ser respondida por la actitud moralizante y cándida del
humanismo y menos por una filosofía pastoral que repiensa la esencia del humano, ya no desde su origen
animal sino como pastor del ser y guardián de su verdad. Sloterdijk juega con que la domesticación –
práctica ancestral que ha funcionado con los animales, como cualquiera reconocería, pero que no menos
se ha aplicado al animal humano– y los humanismos están siempre en contra de los embrutecimientos,
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y parece concluir que domesticación y embrutecimiento son lo mismo (Cfr. Sloterdijk, 2006a, p. 52). La
televisión, antes abierta, ahora sujeta al streaming, a la que normalmente se le adjudican propiedades
embrutecedoras, domestica de alguna manera (para decirlo eufemísticamente): nos introduce, nos hace
partícipes de una cultura, de una sociedad, de un Estado, de una nación. Y la domesticación es, así,
simbólica.
Negándose a continuar la tradición filosófica de privilegiar la muerte y la finitud, futuro seguro e
innegable en un sentido, pero impredecible en otro, Peter Sloterdijk sostiene y destaca que venir al mundo
es venir al lenguaje. A partir del parto, el lenguaje abre el mundo al recién llegado (Cfr. Sloterdijk, 2006b,
p. 93). Es bienvenido con palabras y es con palabras que intentará recuperar un periodo en el que las
palabras aún no le pertenecían; en el que, como el Libro de arena de Borges, las primeras páginas de la
vida en su comienzo escapan al dedo entre la pasta y más páginas. Con balbuceos y gestos (símbolos) se
gana un lugar en el mundo. Con balbuceos y gestos se intenta dar con esa época perdida. La poética del
nacimiento se da cuando el lenguaje habla de él, aunque no pueda dar cuenta cabal del inicio. Sloterdijk
señala lo que llama a priori del parto: nacimiento, iniciación, escenario y trasmisión. En todos ellos el
lenguaje funge como medio de apertura, abre el mundo al ser humano, lo pone a su disposición tal y como
el ser humano queda a disposición del mundo.
En tanto el lenguaje es un producto humano y este producto es un símbolo —marca fijada e
interpretada como signo, entre otros, como diría Cassirer—, puede decirse que venir al mundo, es venir
a los símbolos. Como se dijo más arriba, los símbolos son productos del ser humano, de la humanidad, y
ésta, con sus símbolos, precede a los nuevos individuos que tienen que vérselas con ellos apenas nacen.
Aun si se admitiera que es el lenguaje el que da a los símbolos el carácter de símbolos, con él se
“nombran”, tendría que aceptarse que la adaptación lingüística supone cambios convencionales y por
tanto producidos por aquellos que usan el lenguaje. Los cambios mismos serían símbolos. Con el
lenguaje, por ejemplo, se da cuenta de la historia, el lenguaje y el arte, con el lenguaje se habla de ellos.
Pero la historia, el lenguaje y el arte hablan por sí mismos apenas han sido generados. Si la historia, el
lenguaje y el arte son productos humanos, ningún otro ente es tan consciente de sí como para registrar
su paso por el mundo, y puede predicarse que todo producto humano es símbolo del ser humano como
marca particular de carácter universal. El ser humano habla (interpreta), pues, de sí mismo a través de
los símbolos (marcas y agrupamientos) que encuentra desde que nace, que han sido fijados como signos
y que hace suyos.
El nacimiento mismo es símbolo, por ejemplo, de la unión marital, símbolo de la comunidad
elemental de la sociedad y, si se quiere, del “y serán una sola carne” bíblico. Venir al mundo es venir a los
símbolos porque se nace ya en un mundo que de antemano es simbólico o está plagado de símbolos. Los
recién llegados, apenas han cruzado el umbral del mundo, a través del ducto maternal, comienzan su
iniciación en los símbolos que algún día los harán participes y herederos de ese mismo mundo que los
recibe. Los que ya han avanzado en la comprensión e interpretación de esos símbolos, los que ya se han
adaptado a la nueva naturaleza que se les impone, la simbólica, transmitirán, comenzando con la lengua
nacional, esa serie de símbolos a quienes acaban de arribar. He aquí la domesticación (y el
embrutecimiento). El mundo es escenario del despliegue de símbolos (palabras, gestos, obras, etc.), de
ida y vuelta. En un sentido, el de emisor y receptor, el mensaje que conforman los símbolos se comunica.
No puede, empero, negarse la dialéctica que supone la respuesta del receptor, favorable o desfavorable,
que invierte los papeles. El mensaje asumido, llevado, aplicado y vuelto a comunicar cambia la acción en
trasmisión en el escenario que es el mundo. Lo que se comunica y transmite son símbolos codificados,
pero con la posibilidad de decodificación temporal, porque son comunes a todos los seres humanos. La
iniciación y la transmisión dan el carácter de esotérico-exotérico a los símbolos. Esto devuelve a la
situación de iniciación que comienza desde el nacimiento, pero inacabada a lo largo de la vida: aprender
todos los símbolos resulta imposible, si se admite que hay símbolos ocultos en los símbolos comunes. No
se nace al mundo, producto de los seres humanos, sino hasta que se es iniciado en lo que caracteriza al
mundo, la red de símbolos. Al nacer, la primera naturaleza, la de la especie biológica, queda condicionada
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por esa otra segunda naturaleza, la simbólica; de modo que cuando se nace, se nace ya en la segunda
naturaleza, la simbólica, la creada, la producida, como se vio con Cassirer.
Reflexión y conclusión
Para las filosofías del símbolo, el afán y el énfasis en él y con él tienen su antecedente en la
antropología filosófica, el "estudio filosófico del hombre [respecto a una] idea general [esencia]" de él
(Beuchot, 2011, pp. 84–85). Entre todas las corrientes antropológicas de cuño filosófico, en el marco de
la recuperación del símbolo, destaca la antropología simbólica, fundada por Ernst Cassirer, que parte de
la relación estrecha que guardan los símbolos y el ser humano. Qué sean unos y otro, depende del tipo de
relación que se trate. Se da por hecho que unos y otro existen y que entre ellos se da una relación estrecha.
Y aunque no se diga nada del tipo de relación, sí se supone que los símbolos están presentes en la cultura,
la sociedad y el ser humano. Además, otra área de la filosofía para la que el símbolo resulta muy
provechoso, es la estética, rama de la filosofía que estudia la (propia) sensibilidad (Beuchot, 2012), y que,
orientada por el intelecto, es con lo que se capta la belleza, tanto natural como artificial. Por tanto, conecta
con las artes que son objeto de la belleza y motivan especialmente a la sensibilidad (Beuchot, 2012;
Blanco, 2007). El arte como disciplina, por ejemplo, y sin que obste a que se extienda a sus objetos
materiales, se descubre como símbolo de una cultura en su interpretación. Conocer, por tanto, qué es el
símbolo, su valor y cómo opera, ayudaría no sólo a entender al ser humano sino también el quehacer
estético y a su saber propio. Esto es la razón de la demora en las filosofías del símbolo en este trabajo.
Para Cassirer, los símbolos son productos humanos y respuesta del ser humano dada
reflexivamente al ambiente —naturaleza, realidad—, del que se desprendió cuantitativa y
cualitativamente cuando creó su propio universo; son, así, una segunda naturaleza. Para Langer, los
símbolos lo son de realidades humanas; el conocimiento mismo es simbólico, ya que los hechos
conforman una estructura de símbolos, cuyas significaciones son las leyes que los rigen. Para Nicol, la
expresión de los símbolos se da en cinco relaciones simbólicas, porque el símbolo es producto humano,
relaciona a quien lo produce con quien lo interpreta, se relaciona con un objeto, con otros símbolos y es
histórico. Finalmente, para Sloterdijk, todos nos iniciamos en los símbolos al nacer y después
participamos en su transmisión, y en esto se encuentra la llamada domesticación o amansamiento; el
mundo es escenario del despliegue de símbolos (palabras, gestos, obras, etc.), tanto de ida como de vuelta.
Al inicio aclaré lo que entendería por símbolo y por difuso (lo que no tiene claridad o precisión,
porque o es muy extenso o se lo ve, aplicado al símbolo y lo simbolizado, a lo lejos, y, por tanto, sin la
nitidez para identificar lo simbolizado). Para Cassirer los símbolos son universales y variables. La
universalidad de la simbolización es formal, pero la variabilidad de los símbolos los decanta a cualquier
cosa, lo que los vuelve difusos. Sus seguidores, Langer y Nicol, también conciben al símbolo de manera
difusa. Sloterdijk precisa su función introductoria y domesticadora, pero, asimismo, al ensayar la idea de
emparejamiento entre la domesticación y el embrutecimiento, el símbolo y lo simbolizado por éste se
hacen difusos.
Mauricio Beuchot, hablando de Vattimo (1998), dice que éste, que se proclama heideggeriano,
rechaza la verdad como correspondencia y adopta la verdad como desocultamiento. De esta manera,
tiende al futuro, pero no se da en el presente. Los estudios de las filosofías del símbolo hacen lo mismo y
al hacerlo, no se puede hablar de firmeza en la verdad y, mucho menos, que el lenguaje refleje la realidad.
Además “muchos otros autores han insistido en que la verdad heideggeriana como desocultamiento
necesita la verdad aristotélica como correspondencia; pues, de otra manera, ¿qué es lo que se desoculta?”
(Beuchot, 2016b, p. 47). “¿Qué desoculta el símbolo para las filosofías del símbolo?” (Granados, 2020).
La realidad humana como segunda naturaleza, la cultura como un sistema de símbolos, el modo en el que
nos la tenemos que ver con el mundo. ¿Y nada más? ¿No se rebasa lo humano? Digo que el símbolo de
estas filosofías es difuso, porque, a lo lejos, sin precisión, se vislumbra algo más que la interconexión de
símbolos con usuarios, objetos y otros símbolos: se ve, aunque distante y borrosa, la existencia y su causa
final.
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LAS FILOSOFÍAS DEL SÍMBOLO O DEL SÍMBOLO DIFUSO EN CASSIRER, LANGER Y NICOL
2025 | Qvadrata, estudios sobre educación, artes y humanidades, 7(14), 53-60
https://10.54167/qvadrata.v7i14.1928
e-ISSN: 2683-2143
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