Los supuestos filosóficos de la prosperidad compartida  
[en] The philosophical assumptions of shared prosperity  
Alan Roberto Rentería Rentería  
Juan Pablo Martínez Ponce  
Universidad Autónoma de Chihuahua  
Recibido: 2025/01/31  
Aceptado para su publicación: 2025/02/25  
Publicado: 2025/03/15  
ABSTRACT  
RESUMEN  
DEl concepto de prosperidad compartida ha adquirido  
relevancia en el discurso político y económico desde que el  
Banco Mundial lo estableciera como uno de sus objetivos  
clave en el año 2013. Sin embargo, este concepto tiene  
antecedentes más amplios que abarcan diversas  
perspectivas a lo largo del siglo XX, incluyendo no solo  
visiones económicas, políticas o sociales, sino también  
filosóficas. En este artículo se analizan tales antecedentes y  
perspectivas, examinando su evolución y confrontando su  
aplicación práctica con teorías filosóficas preexistentes.  
Este análisis rastrea cómo el concepto de prosperidad  
compartida no se limita al crecimiento económico y la  
reducción de la pobreza en términos monetarios, sino que  
exige un enfoque integral que abarque aspectos humanos  
de una amplia índole. A partir de este hecho, se propone la  
hipótesis de que la prosperidad compartida se basa,  
The concept of shared prosperity has gained prominence in  
political and economic discourse since the World Bank  
established it as one of its main goals in 2013. However, this  
concept has broader antecedents that span various  
perspectives throughout the 20th century, including not  
only economic, political, or social visions but also  
philosophical ones. This article examines such antecedents  
and perspectives, analyzing their evolution and comparing  
their practical application with pre-existing philosophical  
theories. This analysis traces how the concept of shared  
prosperity extends beyond economic growth and poverty  
reduction in monetary terms, demanding a comprehensive  
approach that encompasses  
a
wide range of human  
dimensions. Based on this premise, the hypothesis is  
proposed that shared prosperity primarily rests on four  
fundamental  
philosophical  
assumptions:  
the  
principalmente,  
en  
cuatro  
supuestos  
filosóficos  
anthropological, the developmental, the social justice, and  
the peace assumptions. The relationship of each of these  
assumptions to shared prosperity will be argued, presenting  
them as a multidimensional framework that involves  
various areas of thought, with an emphasis on philosophical  
theory from modernity to contemporary times.  
fundamentales: el antropológico, el de desarrollo, el de  
justicia social y el de paz. Se argumentará la relación de  
cada uno de estos supuestos con la prosperidad  
compartida,  
considerándolos  
como  
un  
marco  
multidimensional que involucra diversas áreas del  
pensamiento, con una acentuación en la teoría filosófica  
desde la modernidad a la contemporaneidad.  
PALABRAS CLAVE  
KEYWORDS  
Prosperidad compartida, filosofía, antropología,  
justicia social, paz, progreso.  
Shared prosperity, philosophy, anthropology, social  
justice, peace, progress.  
Como citar (APA 7ª Edición):  
Rentería, A. R. y Martínez, J. P. (2025). Los supuestos filosóficos de la prosperidad compartida.  
Qvadrata, estudios sobre educación, artes  
y
humanidades, 7(13), 43-58.  
e-ISSN: 2683-2143  
2025 | Qvadrata, estudios sobre educación, artes y humanidades, 7(13), 43-58  
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LOS SUPUESTOS FILOSÓFICOS DE LA PROSPERIDAD COMPARTIDA  
Introducción  
El concepto de prosperidad compartida generó un mayor interés dentro de la investigación y la  
discusión académica a partir del año 2013, cuando el Banco Mundial la declaró como una de sus dos  
metas para el desarrollo mundial. Sin embargo, esta idea fue evolucionando a lo largo de varias décadas,  
hasta conformar el concepto que actualmente conocemos como prosperidad compartida. Aunque es  
difícil encontrar una sola definición y un único origen, es posible rastrear los esbozos conceptuales a  
partir de los cuales la propuesta de la prosperidad compartida tomó su forma actual. Si bien este concepto  
se ubica dentro de las ciencias políticas, económicas y sociales, sostenemos la hipótesis de que se  
encuentra claramente acompañado de supuestos filosóficos de gran relevancia, que dan peso a su marco  
teórico, coherencia a sus propuestas y suscriben una amplia posibilidad de aplicación. A pesar de que  
pudieran no ser los únicos, enfatizamos que los principales supuestos filosóficos en los cuales se basa la  
idea general de la prosperidad compartida son cuatro; el supuesto antropológico, desde la concepción de  
la persona multidimensional; el supuesto de desarrollo, desde el ideal de desarrollo de la Ilustración; el  
supuesto de justicia social, desde la noción de equidad para los más desfavorecidos; y el supuesto de paz,  
desde la perspectiva de paz positiva y neutra.  
Dentro de esta investigación se examina, de forma exhaustiva, la bibliografía actual y relevante  
respecto a la prosperidad compartida, pues hoy en día la práctica y operatividad de la prosperidad  
compartida está claramente delineada y medida por distintos documentos del Banco Mundial y Grupo  
Banco Mundial. Así mismo, existen varios estudios, citados en este artículo, que analizan las mediciones  
de la prosperidad compartida respecto a una multiplicidad de factores, como el bienestar en general de  
la ciudadanía, la urbanización, la calidad del empleo, entre otras. Por el contrario, no existe un amplio  
análisis respecto a cuáles son los fundamentos filosóficos subyacentes que dan sustento a dicha  
propuesta.  
Debido a lo anterior sostenemos que, para una profunda comprensión de la prosperidad  
compartida, así como para su medición y su posibilidad de aplicación, es inminentemente necesario  
conocer a cabalidad los supuestos filosóficos que se convierten en el centro de este concepto. Para  
desarrollarlos, hemos tomado en cuenta los aspectos más relevantes de las definiciones básicas de la  
prosperidad compartida. En este sentido, la primera parte del artículo exige una revisión sobre el proceso  
histórico del surgimiento de la idea, así como de la noción general de la prosperidad y el bienestar. A  
partir de ahí, se seleccionarán ideas clave de la antropología filosófica, la filosofía política, la filosofía  
moderna e ilustrada y la cultura de paz. Todas estas ideas muestran un entramado de conceptos que  
teorizan sobre los fundamentos, las posibilidades y aplicaciones de la prosperidad compartida en la  
actualidad. Ello permitirá realizar un posicionamiento crítico respecto a los alcances futuros que puede  
tener la práctica de la prosperidad compartida en el escenario mundial contemporáneo.  
Historia y sentido de la prosperidad compartida  
Existe una definición precisa de la prosperidad compartida, a partir de la cual se han comenzado  
a desarrollar los proyectos actuales en distintos países que pretenden llevarla a cabo. Durante el año  
2005, el Banco Mundial (World Bank, 2005) hizo un especial énfasis en la prosperidad sostenible a largo  
plazo, pero el concepto específico de la prosperidad compartida fue propuesto como meta global por este  
organismo hasta el año 2013. Dentro de esta propuesta se declaró que: “El objetivo de prosperidad  
compartida contiene dos elementos clave, el crecimiento económico y la equidad, y tratará de impulsar  
el aumento de los ingresos del 40% de la población más pobre de un país.” (Grupo Banco Mundial, 2013).  
Esta definición implica, en primer lugar, que existe un supuesto respecto a qué es la equidad en una  
sociedad. En segundo lugar, remarca la necesidad de enfocarse, como punto de partida, en el sector más  
necesitado de la población. Ambas premisas se enmarcan en aras del crecimiento económico. Sin  
embargo, existen una gran cantidad de ideas y debates que se encuentran detrás de estas dos  
implicaciones, las cuales se han ido entrelazando a lo largo de las décadas en que la prosperidad  
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compartida ha sido tema de discusión. Por ello es necesario hacer una indagación histórica y conceptual  
del tema.  
Según Ferreira et al. (2018) el origen filosófico de la prosperidad compartida puede rastrearse  
desde la década de los 70s, a partir de las ideas del filósofo estadounidense John Rawls, con la publicación  
de su libro A Theory of Justice en 1971. En dicha obra, Rawls presenta su concepto de justicia y equidad  
social, en contraposición al utilitarismo, a partir de su construcción del principio de diferencia  
(1971/1995). Según este principio, las instituciones políticas y todas sus acciones deberían orientarse a  
ser beneficiosas para las personas más desfavorecidas. Con ello Rawls sostiene que una sociedad solo  
podrá considerarse justa si existe en ella una equidad real respecto a los más pobres. A pesar de que Rawls  
no menciona un porcentaje específico de la población para llevar a cabo su teoría, esta, forma parte  
indispensable de los supuestos filosóficos de la prosperidad compartida, por lo que será analizada a  
detalle más adelante.  
Por otro lado, el origen del porcentaje específico del 40% que maneja actualmente el Banco  
Mundial aparece un año después de la publicación de Rawls. Dang y Lanjouw (2015) realizaron una  
investigaron sobre los orígenes de esta medición en el artículo titulado Toward a New Definition of  
Shared Prosperity: Adynamic Perspective From Three Countries. En este artículo se señala que la idea  
de consolidar este porcentaje específico proviene de un discurso de Robert S. McNamara en el año de  
1972, cuando era presidente del Grupo Banco Mundial. Si bien McNamara no utiliza directamente el  
término de prosperidad compartida, trata el continuamente el tema de la equidad social como  
fundamento del éxito del desarrollo económico, afirmando que la pobreza persistente del 40% más pobre  
constituye un problema crítico que las políticas gubernamentales deben abordar directamente  
(McNamara, 1972). A partir de este señalamiento, la idea de un porcentaje que ubica al sector más  
desfavorecido, permeará en los documentos posteriores del Banco Mundial.  
En el año de 1995 el concepto de prosperidad compartida aparece de manera explícita cuando se  
llevó a cabo el denominado proceso de Barcelona en Europa. En esta reunión, 12 países del Mediterráneo  
se reunieron con la finalidad de establecer una asociación multilateral que favoreciera las relaciones entre  
todos los países de Europa. En los documentos resultantes de dicha reunión se señala constantemente el  
objetivo de conseguir una “zona de prosperidad compartida y de estabilidad en el Mediterráneo” (Ruiz  
Casuso, 2008, p. 31). A pesar de que el concepto de prosperidad compartida no se desarrolla en esta  
ocasión, se señalan tres objetivos principales de acción para conseguirla, a saber, el aumento del ritmo  
del desarrollo sostenible, la mejora de las condiciones de vida de los pobladores y el fomento de la  
cooperación y la integración regional (p. 269). Si bien estos tres principios hacen mención respecto a la  
disminución de las desigualdades, no se toma en consideración un porcentaje específico respecto a los  
sectores más desfavorecidos de la población. Por otro lado, cabe señalar que el proceso de Barcelona sí  
considera rotundamente la mejora de las condiciones de vida en general y no solo respecto a temas  
económicos, aspecto fundamental de la prosperidad compartida en la actualidad.  
Al otro lado del mundo, el uso de la idea de la prosperidad compartida también se hace presente  
durante la década de los 90, específicamente en Estados Unidos. Según Phillips (2005) la primera  
persona en anunciar una filosofía de la prosperidad compartida fue el escritor estadounidense George  
Kozmetsky, en el año de 1997. Kozmetsky señalaba la importancia de la innovación tecnológica, la  
creación de redes de conocimiento y el fortalecimiento de las ventajas comparativas regionales. De  
acuerdo con este autor, la prosperidad compartida no se trata solo de una redistribución de ventajas, sino  
de una amplia construcción de redes entre todos los sectores de una población.  
De acuerdo con Philliphs (2005), la idea de Kozmetsky ganó notoriedad al ser utilizada por varios  
actores y organismos internacionales, incluido el Banco Mundial, y también fue usada al interior de la  
política estadounidense. Durante el año de 1998 el Secretario de Trabajo de los Estados Unidos, Ray  
Marshall, se refirió a la prosperidad compartida como la necesidad de un nuevo paradigma político en su  
país. Marshall señaló que las características esenciales para llevar a cabo este nuevo paradigma eran a las  
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oportunidades educativas y el aprendizaje continuo, entre otras (Phillips, 2005, p. 550). Posteriormente,  
en el año de 1999, el presidente William Clinton, en un discurso dirigido a los Gobernadores del Grupo  
Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, enfatizó la esperanza de comenzar el nuevo milenio  
bajo “la oportunidad de formar parte de una prosperidad ampliamente compartida, en que todos puedan  
hacer realidad sus posibilidades.” (Clinton, 1999, p. 2). Aunque la idea general de la prosperidad  
compartida todavía no era clara en ese entonces, ya se encontraba en un escenario político de relevancia.  
Un poco más tarde, mientras la idea de la prosperidad compartida comenzaba a presentarse en  
diversos países, Kaushik Basu, realizó en el año 2000 una propuesta específica respecto a la medición de  
la prosperidad compartida. Basu, quien ha sido un destacado académico y economista dentro de la  
organización del Banco Mundial, afirmó que la idea filosófica de Rawls, respecto al enfoque en el sector  
más desfavorecido de la población, es totalmente necesaria para el desarrollo económico mundial. Sin  
embargo, si esta idea no es llevada a números concretos, sería difícil de aplicar, pues existen dificultades  
para identificar quiénes se encuentran en este sector. Con base en lo anterior, Basu plantea que las  
políticas deberían orientarse específicamente al 20% más pobre de la población (Ferreira et al., 2018).  
Posteriormente esta idea del 20% se unirá a la propuesta original de McNamara, para establecer el  
porcentaje actual, correspondiente al 40%.  
Estados Unidos no fue el único país en donde se empezó a popularizar el término. En el año 2001,  
el presidente de los Estados Unidos, George W. Bush, realizó la primera visita de Estado de su mandato,  
a México. A raíz de esta visita, se mencionó el tema de la prosperidad compartida. El entonces Secretario  
de Relaciones Exteriores, Jorge Castañeda, propuso diversos ejes de acción para la política exterior de  
México, dentro de los cuales señaló que las bases para una nueva etapa en las relaciones entre ambos  
países deberían de darse en aras de una prosperidad compartida (Castañeda, 2001).  
Sin embargo, es hasta el año 2005 cuando aparece una de las primeras investigaciones académicas  
más amplias y rigurosas respecto a la prosperidad compartida, titulada Toward an Intellectual and  
Theoretical Foundation for ‘Shared Prosperity’, realizada por Fred Phillips (2005). En este artículo se  
establece que la prosperidad compartida es un enfoque que no se limita a la simple distribución  
económica, sino que abarca un marco más amplio, alejándose de la concepción tradicional de la economía  
política. Sin embargo, también se señala que la falta de datos estructurados y métricas adecuadas puede  
dificultar el avance de la prosperidad compartida como un campo formal.  
El problema señalado por Phillips respecto a los datos estructurados y las métricas adecuadas  
persistió por casi una década, hasta la declaración de las metas de desarrollo del Banco Mundial en el año  
2013. Ferreira et al. (2018), comentan que estas faltantes se deben a que la prosperidad compartida no  
ha sido ampliamente abordada como concepto dentro de las teorías económicas, como sí lo han sido otros  
temas: “Despite these recent uses in the policy arena, the concept of 'shared prosperity' is not as well-  
established in economics as, say, 'social welfare', 'poverty', or 'inequality'” (p. 3). Sin embargo, también  
es cierto que durante la última década la prosperidad compartida ha entrado en un amplio debate. Esta  
discusión puede observarse en una variedad de documentos en donde se menciona el concepto, respecto  
a políticas fiscales, planeaciones estratégicas de diversos países, tecnología, desarrollo urbano ciudadano,  
entre otros, los cuales serán abordados más adelante para analizar los supuestos filosóficos subyacentes.  
Si bien el Banco Mundial estableció con claridad los parámetros de una prosperidad compartida  
hasta el año 2013, esta idea fue concebida en su totalidad a lo largo de varias décadas. Como se ha podido  
observar, no existe un consenso único respecto al origen de la prosperidad compartida. Sin embargo, este  
recorrido deja en claro que las ideas de justicia social, equidad, economía sostenible, prosperidad a largo  
plazo y redes de colaboración, conforman el centro conceptual de la prosperidad compartida. Al mismo  
tiempo, tales ideas son construidas a partir de un amplio marco teórico-filosófico que será desarrollado  
en esta investigación. Para ello, será necesario dilucidar el concepto general de prosperidad como punto  
de partida.  
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¿Qué es la prosperidad?  
La prosperidad es un término multifacético que varía según el contexto filosófico, económico y  
social desde el cual se analice. Durante el siglo XVIII, por ejemplo, surgió la escuela clásica de economía  
impulsada por Adam Smith. Este pensador definía la prosperidad en términos de acumulación de bienes  
y riqueza, bajo la idea del libre mercado y la mínima intervención del Estado. Sin embargo, no tardaron  
en aparecer diversas críticas respecto a la teoría de Smith, como la visión marxista o la escuela keynesiana.  
En la actualidad, la idea de prosperidad es mucho más compleja que la acumulación material, y al factor  
económico se le suman otros ámbitos diversos.  
Dentro de una amplia investigación titulada Prosperidad. Reflexiones desde la academia para el  
proceso de planeación nacional del desarrollo en el marco de la agenda 2030, José Alberto Lara Pulido  
señala que: “Prosperidad significa que diversas dimensiones relevantes para la realización del potencial  
de desarrollo del ser humano se encuentren en un estado favorable” (2018, p. 13). Esta idea de  
prosperidad deja atrás el factor exclusivamente económico para entender al ser humano desde una  
perspectiva multidimensional. Según Ranis et al. (2006) (como se citó en Lara, 2018) estas dimensiones  
incluyen una larga lista, en donde destacan el bienestar de la comunidad, la libertad política y las opciones  
de ocio. En este sentido, la prosperidad no solamente hace referencia a un contexto individual, sino  
comunitario. La prosperidad ligada al desarrollo comunitario es una de las grandes apuestas de la  
prosperidad compartida al día de hoy.  
Otros autores coinciden con un concepto de prosperidad más allá del nivel económico. Por  
ejemplo, Michael Dauderstädt señala que:  
El concepto de prosperidad abarca no solo el crecimiento económico como núcleo, sino también  
otros aspectos importantes del bienestar que el producto interno bruto (PIB) subestima o excluye,  
como la sostenibilidad ambiental, el trabajo doméstico, el ocio y la calidad laboral. (2015, p. 6).  
Por tanto, cuando se habla de prosperidad compartida, se entiende a la prosperidad no solo desde  
aspectos económicos, aunque estos sean importantes, sino de otros ámbitos de la vida social. Ello implica  
una tesis de suma importancia: para identificar quiénes forman parte del 40% de la población en el que  
deben centrarse las políticas de prosperidad compartida, no basta con considerar solo la vulnerabilidad  
económica; es esencial tener en cuenta el bienestar general.  
Existen varios índices que miden el bienestar general de una población. Uno de los más completos,  
según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE, s.f.), es el Better Life  
Index, pues utiliza métricas que incluyen 11 dimensiones, como la educación, la salud, el medio ambiente  
y el equilibrio entre la vida personal y el trabajo. Este tipo de métricas enfatizan que el bienestar general  
hace referencia a un estado general de salud, felicidad y satisfacción con la vida, que, aunque está  
relacionado con temas económicos, abarca aspectos emocionales y sociales de toda índole.  
Para Gómez-Álvarez et al. (2019) la prosperidad también tiene una fuerte conexión con el  
desarrollo de infraestructura y los planes de desarrollo urbano de las ciudades. Según su investigación  
titulada Gobernanza Metropolitana: El gobierno de las metrópolis para el desarrollo urbano sostenible,  
el Índice de Prosperidad Urbana (IPU) está diseñado para tomar en consideración una perspectiva  
multifactorial. Mediante el IPU, se pueden identificar factores que afectan o benefician a la prosperidad  
dentro de las metrópolis, los cuales son tanto cuantitativos como cualitativos. En este sentido, la  
prosperidad compartida y la urbanización necesitan ir de la mano, pues no puede haber una verdadera  
prosperidad con desigualdades espaciales dentro de las grandes urbes. En esta propuesta se señala que  
“Los estudios mundiales del IPU de ONU-Hábitat han demostrado que las ciudades más prosperas del  
mundo tienen muy pocas variaciones entre las diferentes dimensiones de la prosperidad” (p. 217). Como  
se ha visto, estas dimensiones incluyen la económica, la social y la ambiental. Esto reafirma que para una  
consecución de la prosperidad general se deben incluir temas mínimos respecto a la infraestructura de  
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las ciudades, como la conectividad al interior de las zonas urbanas, la distribución de espacios públicos y  
la calidad del transporte.  
Tanto el Better Life Index como el IPU, refuerzan la tesis de que la prosperidad no es solo medible  
en términos de ingresos o producción económica, sino a través de un bienestar general, el cual tome en  
consideración el desarrollo humano y social desde una perspectiva compleja. Al mismo tiempo, así como  
la prosperidad se mide de manera multifactorial, la pobreza también debe medirse bajo estos parámetros,  
los cuales serán analizados más adelante. Con las ideas que se han mencionado hasta ahora, se procederá  
a analizar cuáles son los supuestos filosóficos que subyacen a la prosperidad compartida.  
Los supuestos filosóficos de la prosperidad compartida  
El supuesto antropológico  
El apartado anterior dejó en claro que la prosperidad no puede centrarse solo en el tema  
monetario, sino que debe ser abordada de la manera más amplia posible, es decir, de una forma  
multidimensional. Sin embargo, la prosperidad multidimensional no es un concepto que se encuentre  
construido en el aire, sino que, por el contrario, supone una idea específica sobre el ser humano. Es así  
como la antropología filosófica se convierte en una necesidad de primera mano para dar un sostén teórico  
firme a cualquier visión económica. La prosperidad compartida no es la excepción, pues se desarrolla a  
partir de un supuesto, al menos básico, de lo que se entiende por ser humano. Si la prosperidad es  
multidimensional, el ser humano no puede estar reducido a una sola dimensión, y mucho menos la  
económica. Un proyecto de prosperidad compartida debe, cuando menos, considerar una visión  
antropológica de la persona multidimensional.  
Durante la primera mitad del siglo XX se consolidó una reflexión filosófica en torno a la persona,  
impulsada por el filósofo francés Emmanuel Mounier. El personalismo, tal como se denomina esta  
corriente de pensamiento, supone que la persona no es un mero concepto, sino que tiene múltiples  
dimensiones, como la corporeidad, la espiritualidad, la relación con los demás, etc. Considerar que el ser  
humano es solo un cuerpo, o solo trabajo, o solo producción, sería reducirlo y despojarlo de su propia  
libertad y condición humana. Para contrarrestar cualquier reduccionismo, el personalismo considera que  
el desarrollo de los sujetos solo puede llevarse a cabo a través de la aprehensión del individuo como  
persona, es decir, como un ser en continua comunicación consigo mismo y con los demás. Esta  
comunicación es un movimiento dialéctico, denominado por Mounier como el universo personal  
(Mounier, 1949/2005). Cuando las personas se aíslan en sus propias vidas e intereses, rompen con el  
universo personal y, por lo tanto, impiden el desarrollo de la sociedad. Para Mounier (2005), la sociedad  
necesita de una visión comunitaria para su crecimiento, pues ella no logrará salir adelante si cada  
individuo que la compone solo se preocupa por sí mismo.  
Al igual que el personalismo, la prosperidad compartida también tiene una visión comunitaria. Al  
tomar en consideración al 40% más pobre de una población, la prosperidad compartida reconoce que las  
sociedades están formadas por comunidades de personas, y no por individuos aislados. Si bien dentro de  
las comunidades se pueden encontrar desigualdades, como la pobreza, también son las mismas  
comunidades en donde se hayan las soluciones a estas problemáticas. Esta es la idea fundamental de  
compartir la prosperidad: no se trata de quitarle a unos para darle a los otros, sino de aportar beneficios  
a quien más lo necesite, sin hacerlo a costa de nadie. Para lograrlo, la prosperidad compartida comprende  
a la sociedad como un todo; por esta razón tiene en primera consideración al sector más pobre de una  
población, pues si este sector no encuentra bienestar, difícilmente se podrá hablar de una sociedad  
próspera. Desde esta perspectiva, la corriente filosófica del personalismo comunitario encaja a la  
perfección con la idea de la prosperidad compartida. Si un grupo o sector de la comunidad, por pequeño  
que sea, se encuentra en desventaja, significa que toda la comunidad se ve afectada en su conjunto.  
La filosofía personalista también propone que cualquier visión de desarrollo económico necesita  
partir de una concepción antropológica específica, pues no se debe olvidar que la finalidad de la  
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prosperidad no son los números o las métricas, sino la propia persona y su entorno. En este sentido,  
Mounier (2005) señala que: “Recíprocamente, la solución biológica o económica de un problema  
humano, por próximo que se encuentre a las necesidades elementales, es incompleta y frágil si no se  
tienen en cuenta las más profundas dimensiones del hombre” (p. 32). Para Mounier, una economía que  
reduce a la persona a un mero número o dato, jamás tendrá éxito. La prosperidad compartida opera bajo  
esta misma idea: el bienestar humano no depende exclusivamente de factores económicos o monetarios,  
sino que es multidimensional, a la vez que es comunitario. Por tanto, una prosperidad mulditimensional  
exige una postura antropológica del mismo talante. Por esta razón, afirmamos que la antropología es el  
primer supuesto filosófico de la prosperidad compartida.  
El personalismo comunitario no es la única corriente de pensamiento que aborda la concepción  
de la comunidad y la multidimensionalidad del ser humano. En el año de 1964, Herbert Marcuse publicó  
el libro El hombre unidimensional, en el cual realizó una crítica mordaz a las sociedades capitalistas  
industriales. Según Marcuse, las sociedades industriales avanzadas, son propensas a crear una  
dominación tecnológica y económica que produce una unidimensionalidad (Marcuse, 1964/2014) en el  
pensamiento y las acciones del ser humano, convirtiéndose así en sistemas represores. Para Herbert  
Marcuse, el bienestar humano no consiste en la capacidad de consumo. Por el contrario, los sistemas  
represores crearán en los ciudadanos falsas necesidades, como el consumismo exacerbado, con tal de  
mantener el control de la libertad de toda su población.  
Desde el pensamiento de Marcuse (2005) la prosperidad no significaría un poder adquisitivo,  
especialmente cuando este se encuentra enmascarado por las falsas necesidades. Todo sistema represor  
tratará de ocultar o tergiversar las necesidades reales de las personas para intercambiarlas por  
necesidades aparentes:  
La gente se reconoce en sus mercancías; encuentra su alma en su automóvil, en su aparato de alta  
fidelidad, su casa, su equipo de cocina. El mecanismo que une al individuo con su sociedad ha  
cambiado, y el control social se ha incrustado en las nuevas necesidades que ha producido. (p.  
48).  
En esto consiste la unidimensionalidad: las personas se comprenden solo desde el consumo, o  
desde la apariencia, o desde la producción. Esta unidimensionalidad coarta la libertad, pues no permite  
a los ciudadanos identificarse a sí mismos como personas libres, sino como artefactos de producción o  
consumo.  
Herbert Marcuse no solamente señala el consumo como factor de unidimensionalidad, sino  
también el trabajo. En las sociedades alienadas, los seres humanos son vistos como máquinas de  
producción, en ambientes donde la persona dedica su vida única y exclusivamente a trabajar. Puesto que  
los seres humanos necesitan diversos ámbitos de desarrollo para su plenitud, vivir para trabajar también  
es una reducción unidimensional. Es por ello que la prosperidad compartida jamás reduce sus mediciones  
a la producción y no puede ser medida como se hace con el PIB. Por el contrario, los índices de  
prosperidad no solo consideran la cantidad de trabajo o el sueldo percibido, sino la calidad del mismo,  
así como la posibilidad que ofrece para el tiempo de ocio.  
Según el informe de referencia de la Organización Internacional del Trabajo (2023), el promedio  
de horas semanales trabajadas por persona en los países de ingresos bajos fue de 45 horas en el año 2010,  
a 43 en el año 2024. Mientras tanto, el promedio en los países de ingresos altos fue de 38 horas en el año  
2010, a poco menos de 37 en el año 2024. Esto implica que “la elevada productividad laboral permite a  
los trabajadores de los países de ingresos altos trabajar relativamente pocas horas semanales  
manteniendo un alto nivel de ingresos” (p. 35). El trabajo no está directamente relacionado con el  
bienestar cuando solo se mide cuantitativamente. Considerar que las personas no solo viven para trabajar  
es parte fundamental de una antropología filosófica acorde con la prosperidad compartida. Tanto la  
antropología del personalismo comunitario, como la de la teoría crítica, ofrecen esta visión compleja, que  
sobrepasa a los intereses puramente económicos pero que, al mismo tiempo, no los hace a un lado.  
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Para romper con las estructuras unidimensionales, con los sistemas opresores o con el  
individualismo basado en la acumulación de bienes sin tomar en cuenta otros aspectos de la vida del ser  
humano, la prosperidad compartida requiere, a todas luces, un paradigma económico en consonancia  
con tradiciones de la antropología filosófica como la personalista o la de la teoría crítica. Cabe señalar que  
estas no son las únicas corrientes antropológicas que parten de un posicionamiento liberador a partir de  
la concepción del ser humano multidimensional. Sin embargo, estas tienen un valor especial a la hora de  
entender por qué la prosperidad compartida requiere fundamentarse en una visión antropológica sólida.  
El supuesto del progreso  
Dentro del reporte del Banco Mundial A Measured Approach to Ending Poverty and Boosting  
Shared Prosperity: Concepts, Data, and the Twin Goals (World Bank, 2015) se menciona  
frecuentemente la relación entre el progreso y la prosperidad compartida. Particularmente, este reporte  
hace hincapié en que el progreso substancial de las últimas décadas ha consistido en la reducción global  
de la pobreza. Sin embargo, es necesario entender cuál es el concepto filosófico del progreso en el que se  
basa esta idea.  
La Ilustración es una etapa clave en el desarrollo del concepto de progreso. En este periodo, el  
progreso es concebido como el avance continuo de la humanidad hacia una mayor libertad, conocimiento  
y bienestar, mediante el uso de la razón, la ciencia, el humanismo y la educación. Uno de los más célebres  
pensadores ilustrados es Immanuel Kant, quien en su texto ¿Qué es la ilustración? de 2009, afirma que  
el progreso es una de las grandes apuestas del pensamiento humano. En general, la idea kantiana del  
progreso social radica en la salida de la humanidad de su minoría de edad para llegar al ¡Sapere aude!  
(p. 249), el atrevimiento a pensar por sí mismos, sin tutelas ni guías impuestas. Para el filósofo, un  
atentado en contra del progreso sucede cuando una generación pone a sus sucesoras en una situación de  
desventaja, específicamente en cuanto al conocimiento. Por ello, el progreso está ligado íntimamente al  
conocimiento.  
Sin embargo, de acuerdo con los ilustrados, la humanidad no solo puede progresar  
científicamente, sino también moralmente. Esto implica la construcción de una sociedad más libre, justa  
y fraterna, valores primordiales del proyecto moderno que culminan en la revolución francesa. Quizá uno  
de los aspectos del progreso más atrevidos, pero más necesarios, sea la propuesta de Kant respecto a la  
sociedad cosmopolita, tesis que concuerda directamente con el proyecto actual de la prosperidad  
compartida. El filósofo señala que las sociedades cosmopolitas son aquellas comunidades globales en  
donde las personas, más allá de las fronteras nacionales, son consideradas como ciudadanas del mundo,  
y en donde las relaciones internacionales se basan en principios de derechos universales y paz perpetua.  
¿Cómo se relaciona la idea kantiana con la prosperidad compartida?: a través de una superación de los  
nacionalismos absolutos y de la competitividad voraz.  
En un artículo titulado La competitividad: ¿Es una obsesión o una necesidad? Seclen Luna  
(2009) señala que “la historia económica de la segunda mitad del siglo XX avala en líneas generales la  
tesis de la prosperidad compartida” (p. 138). Durante las últimas décadas, la mayoría de los países han  
seguido una tendencia alineada con la perspectiva general de la prosperidad compartida. Sin embargo,  
existe un tema económico internacional al que se le debe prestar particular atención: la competitividad.  
El desarrollo económico de las empresas puede encontrar en la competitividad, cuando esta es justa, un  
aliciente para su propio crecimiento y mejora. Sin embargo, cuando la competitividad de las empresas es  
trasladada a las políticas públicas de un país, sin ningún tipo de adecuación, pueden ocurrir serias  
problemáticas, pues los objetivos del desarrollo económico no son los mismos para ambas entidades. En  
este sentido, para Seclen, los países no pueden competir entre sí de la misma forma que lo harían las  
empresas, pues la relación entre ellos es en realidad mucho más rica y variada (2009). La prosperidad  
compartida avala la cooperación por encima de la competitividad radical.  
De esta forma, la cooperación internacional de la prosperidad compartida coincide con los ideales  
cosmopolitas kantianos. Si bien la competitividad puede encontrar un lugar dentro de la economía  
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empresarial, no puede hacerlo de la misma forma en las relaciones entre los Estados nación. El progreso,  
como tesis de la prosperidad compartida, exige un desarrollo global, y no solo de unos cuantos países. Al  
mismo tiempo, este progreso condena el desarrollo cuando el mismo depende del subdesarrollo de otras  
naciones. En este sentido, los nacionalismos patrióticos exacerbados no tienen cabida dentro de la  
prosperidad compartida, como tampoco lo tenían en el ideal ilustrado.  
José M. de Areilza (2009) menciona que, en la actualidad de los países europeos, el nacionalismo  
se va transformando hacia un supranacionalismo, tesis que se alinea perfectamente con la prosperidad  
compartida: “Weiler analiza los tres ideales fundamentales de la integración europea, la paz, la  
prosperidad compartida y la supranacionalidad, esta última entendida como una nueva manera de  
superar el chauvinismo y plantear las relaciones entre los Estados nación” (p. 5). Desde esta perspectiva,  
el supuesto del progreso de la prosperidad compartida, no está basado en el desarrollo individual de los  
países, sino en una cooperación internacional con miras a un crecimiento económico conjunto y un  
bienestar y calidad de vida similares. Aunque todavía no se ha alcanzado este objetivo, lograrlo debería  
ser una de las preocupaciones de la política a nivel internacional.  
Otro punto clave en la filosofía respecto al progreso se encuentra en Hegel. Según el filósofo  
alemán, la historia consiste en un proceso de movimiento dialéctico en el que la razón se desarrolla a  
través de tesis, antítesis y síntesis, hacia una mayor libertad y autorrealización. Hegel expone la historia  
de la humanidad como una marcha inevitable hacia la libertad absoluta, que encuentra su motor en la  
resolución de conflictos. Esta visión del idealismo absoluto hegeliano, sin embargo, fue duramente  
criticada por diversas escuelas de pensamiento, que tacharon el idealismo como una forma de abuso de  
la razón filosófica, y como una de las causas de la crisis moderna.  
La crisis de la modernidad va de la mano con la crítica a un progreso que se cree inevitable.  
Algunos teóricos de la escuela de Frankfurt como Marcuse, Adorno y Horkheimer, realizan un fuerte  
señalamiento al ideal de progreso, al afirmar que la racionalidad técnica (como producto del progreso  
moderno) es una forma de dominación social. En el célebre texto titulado Dialéctica de la Ilustración:  
Fragmentos filosóficos (Horkheimer y Adorno, 1944/1998) se asevera que, si bien el proyecto ilustrado  
surge como una forma de liberación de la humanidad mediante el conocimiento y la ciencia, este terminó  
convirtiendo el progreso en una especie de racionalidad instrumental que se instauró como un modo de  
opresión. El holocausto de la Segunda Guerra Mundial es una de las grandes confirmaciones de que el  
racionamiento científico puede ser usado de forma terrible en contra de la humanidad, y de que el avance  
y el progreso científico también puede volverse en contra de la propia humanidad.  
Sin embargo, no todo progreso es dominador ni opresor. El ideal de desarrollo y progreso en  
donde se enmarca la prosperidad compartida, contradicen a la racionalidad instrumental, pues al tomar  
en consideración el bienestar humano de forma general, también enfatiza la libertad personal, en  
contraposición a las sociedades o sistemas opresores. Es así como, aunque el progreso puede ser criticado  
por diversas escuelas de pensamiento, la prosperidad compartida lo toma desde el ideal más básico del  
proyecto ilustrado: la conformación de una sociedad más justa, que busca el desarrollo a partir de una  
visión global. El progreso de la prosperidad compartida, si bien se encuentra ligado al crecimiento  
económico, implica la apuesta moderna de que la vida en sociedad puede y debe mejorar. Sin esta  
premisa, cualquier tipo de prosperidad carece de sentido.  
El supuesto de la justicia social  
El primer apartado de este artículo dejó en claro que uno de los principales supuestos desde donde  
nace la prosperidad compartida es el de la justicia social. La modernidad también tuvo avances  
significativos respecto a este tema. La corriente de pensamiento contractualista, por ejemplo, impulsó  
una forma de justicia social respecto a la defensa de los derechos de las personas al afirmar que la  
legitimidad de las instituciones políticas y la división de poderes se basa en la idea de un contrato social  
entre los individuos. En las sociedades civiles, según filósofos como Locke, Hobbes y Rousseau, se  
sacrifican ciertas prerrogativas naturales para ganar paz, seguridad y libertad, entre otros derechos. Sin  
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embargo, para pensadores contemporáneos como John Rawls, Martha Nussbaum y Amartia Sen, la  
justicia social es todavía más compleja que una mera acumulación de derechos.  
El pensamiento de John Rawls (1995), respecto a la justicia social se basa en la pregunta acerca  
de cómo debería organizarse una sociedad para garantizar la equidad y la justicia para todos sus  
miembros. En primer lugar, propone que la teoría del contractualismo no se debe pensar como la  
necesidad de constituir una sociedad, o ingresar a ella, a través de un mero contrato social. Por el  
contrario, este lugar lo ocupa la justicia. De acuerdo con él, la justicia debe basarse en dos principios, a  
saber; el principio de libertades básicas, en el cual cada persona debe tener un derecho a un esquema  
adecuado de libertades fundamentales como libertad política, libertad de expresión, de pensamiento,  
derecho de propiedad y de juicio justo; y el principio de diferencia, el cual está íntimamente relacionado  
con la prosperidad compartida.  
Según Rawls (1995), el principio de diferencia afirma que, aunque existan desigualdades en los  
bienes sociales y económicos de una población, solo podemos hablar de justicia si también hay beneficios  
para los miembros más desfavorecidos. Es decir, una sociedad es verdaderamente justa si las  
oportunidades están abiertas a toda la población, y no solo al sector más beneficiado económicamente.  
Este principio se refleja en la necesidad de que las instituciones organicen sus políticas de tal suerte que  
mejoren las condiciones de los sectores más vulnerables. Dicha organización no implica una  
redistribución de los bienes particulares, sino una focalización en las personas que se encuentran en  
situación de desigualdad y pobreza:  
Este principio suprime la indeterminación del principio de eficiencia al especificar una posición  
particular desde la cual habrán de juzgarse las desigualdades económicas y sociales de la  
estructura básica. Dando por establecido el marco de las instituciones requeridas por la libertad  
igual y la justa igualdad de oportunidades, las expectativas más elevadas de quienes están mejor  
situados son justas si y sólo si funcionan como parte de un esquema que mejora las expectativas  
de los miembros menos favorecidos de la sociedad. (pp. 80-81)  
De acuerdo con Rawls, pensar en una sociedad justa no implica tratar por igual a todos de manera  
tajante, sino lograr una distribución equitativa, partiendo de una consideración especial para las personas  
menos favorecidas de la sociedad. Solo así se logrará un beneficio real que impacte a toda la sociedad en  
su conjunto, y no solo a quienes están en situación de ventaja. La deferencia para con los más  
desfavorecidos radica en lo siguiente: las oportunidades que tienen las personas en situación de  
vulnerabilidad son mucho menores que las del resto de la población. Una persona de clase social alta  
tiene, a lo largo de su vida, un mayor número de oportunidades, como un mejor acceso a la salud, a la  
educación, etc. Por el contrario, las personas en situación de pobreza enfrentan dificultades desde su  
nacimiento, por lo que se hayan en una situación de desventaja que no depende directamente de ellas. Si  
se quiere cambiar a la sociedad, se debe empezar por tratar de brindar las mismas oportunidades a todos,  
comenzando por los que menos tienen.  
Por esta razón, la justicia social es un supuesto filosófico de suma importancia, el cual consolida  
toda la estructura de la prosperidad compartida. La justicia del principio de diferencia implica una idea  
de equidad y no de igualdad, pensada esta última como una mera distribución imparcial. La teoría de la  
justicia social de John Rawls conlleva al establecimiento de políticas específicas que propicien  
oportunidades reales para cada sector de la población, partiendo de la urgencia de atender a los sectores  
más pobres en primer lugar, sin descuidar a ningún miembro de la población en general. En la visión de  
la prosperidad compartida desde la justicia social, se considera que son las personas en situación de  
pobreza quienes más padecen ante una situación de decrecimiento económico, y por tanto, son las  
primeras a quienes se deben dirigir las políticas y planes de acción. En otras palabras, si la prosperidad  
no es compartida, no será prosperidad ni justicia. Esto se sintetiza en la siguiente expresión de John  
Rawls: “La injusticia consistirá entonces, simplemente en las desigualdades que no benefician a todos”  
(p. 69).  
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Cuando se habla de las políticas de la prosperidad compartida, estas no se refieren a algo  
abstracto, sino que se enfocan en proyectos particularmente específicos. En el libro titulado Una  
prosperidad compartida, Santiago Levy propone una política concreta, al mencionar que la seguridad  
social es la piedra angular para la prosperidad compartida: “En la mayoría de los países de la OCDE la  
seguridad social es el principal instrumento para proteger a la población contra diversos tipos de riesgos,  
reducir las desigualdades y fortalecer la cohesión social” (2019, p. 8). Según este investigador, la  
reducción de desigualdades que busca la prosperidad compartida, solo puede lograrse mediante una  
fuerte seguridad social que incluya servicios de salud de igual calidad para todos, incorporación de las  
mujeres al mercado laboral, seguro de desempleo, entre otras varias acciones.  
Pensar en la pobreza como una situación real, y en las personas en concreto que se encuentran en  
esta situación, es una de las grandes tesis de la prosperidad compartida y de la justicia social. Como bien  
señaló Kaushik Basu (Ferreira et al., 2018) las personas en situación de pobreza no son una abstracción,  
y cualquier medida enfocada a poner fin a la pobreza no puede quedar en el aire, sino que debe ser  
diseñada con cautela y especificidad. En este tenor, así como la prosperidad tiene índices concretos para  
su medición, también los tiene la pobreza. Conocer a cabalidad a qué se refiere la situación de  
vulnerabilidad y pobreza del 40% de una población es tan importante como realizar metas para la  
prosperidad y el desarrollo.  
Para una medición de la pobreza que cubra con la exigencia de la prosperidad compartida, se  
pueden considerar las medidas de desigualdad y pobreza desarrolladas por el Programa de las Naciones  
Unidas para el Desarrollo (PNUD) y la Iniciativa de Oxford para la Pobreza y el Desarrollo Humano,  
presentadas por primera vez en el Informe sobre el Desarrollo Humano 2010 (PNUD, 2010) cuya  
introducción fue redactada por el filósofo Amartya Sen. De acuerdo con el informe, las medidas para  
averiguar quiénes pertenecen al sector más desfavorecido, son: el Índice de Desarrollo Humano ajustado  
por la Desigualdad (IDH-D), el Índice de Desigualdad de Género (IDG) y el Índice de Pobreza  
Multidimensional (IPM). Estas medidas toman en consideración una gran variedad de temas para  
analizar quiénes se encuentran en situación de pobreza y desigualdad, partiendo de tres áreas principales:  
la salud, el estándar de vida y la educación. Mediciones como esta son el primer punto de partida para  
lograr una identificación real de las personas y comunidades más vulnerables, y para lograr el desarrollo  
de cualquier acción relevante de justicia social y prosperidad compartida.  
Sumado a lo anterior, Dang y Lanjouw (2015) proponen un enfoque alternativo para la medición  
de la pobreza, que complementa la medida estándar del Banco Mundial del 40% más pobre de la  
población. En primer lugar, sugieren trazar una línea de vulnerabilidad al dividir a la población en tres  
grupos: personas pobres, personas vulnerables (aquellos que no son pobres, pero tienen un alto riesgo de  
caer en la pobreza) y clase media (aquellos que son más seguros económicamente). En segundo lugar,  
proponen una medición con enfoque dinámico, el cual consiste en seguir la evolución de estos tres grupos,  
y no solo del 40% más pobre, para evitar que las personas en los otros dos sectores puedan caer en  
condición de pobreza. Finalmente, formulan la medición de la transición entre grupos, pues señalan que  
la movilidad es crucial para entender si el crecimiento económico está beneficiando realmente al sector  
más necesitado de forma sostenible. La propuesta de Dang y Lanjouw implica directamente el supuesto  
de la justicia social, pues analiza cómo toda la sociedad debe beneficiarse en su conjunto de forma real.  
Por otro lado, existen otras propuestas complementarias de gran importancia respecto al supuesto  
filosófico de la justicia social. Para Martha Nussbaum (2012), una sociedad justa es aquella que garantiza  
a todos sus miembros un mínimo de capacidades humanas fundamentales. Dentro del libro Crear  
capacidades, la filósofa señala que su enfoque inicial para la construcción de una justicia social se basaba  
originalmente en la nación, al sugerir que: “la tarea de los gobiernos consiste en apoyar en sus respectivos  
países las capacidades centrales de todos sus habitantes” (p. 139). Como punto de partida, la nación es  
oportuna. Sin embargo, la autora enfatiza que la justicia también debe ser global, y no se debe aplicar  
solo desde un país para sí mismo. En este sentido, la justicia no puede detenerse en las fronteras, y la  
nación es solo el primer paso, pero jamás el único ni el último.  
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Nussbaum (2012) argumenta que las problemáticas globales, como la pobreza, la desigualdad o  
el cuidado del medio ambiente, no deberían ser abordadas solo desde una perspectiva regional, pues  
están profundamente interconectadas. Una verdadera justicia requiere un marco ético que abarque a toda  
la humanidad, centrado en la garantía de las capacidades básicas de todos los seres humanos, sin  
importar su lugar de origen. Con esta idea, Nussbaum propone una visión cosmopolita similar a los  
ideales modernos, pero llevada también al plano económico. De igual forma en que no puede haber una  
justicia social dentro de una sociedad si hay personas en situación de pobreza, tampoco podrá haber  
justicia global si existen países en situación de desventaja extrema. Lo mismo ocurre con la prosperidad  
compartida, pues no se puede hablar de una verdadera prosperidad solo cuando unos pocos la tienen.  
Aunque John Rawls y Martha Nussbaum están alineados en su preocupación por la justicia social  
y la equidad, sus enfoques son diferentes. Mientras que Rawls se centra en la búsqueda de principios de  
justicia que distribuyan de manera equitativa los bienes primarios, tales como derechos, libertades y  
recursos, Nussbaum se preocupa más por las capacidades reales de las personas para utilizar dichos  
bienes, con la finalidad de la consecución del bienestar general. Ambas tesis, empero, son totalmente  
compatibles con la prosperidad compartida, y no solo eso, sino que deberían ser tomadas en cuenta con  
gran seriedad a la hora de delinear políticas públicas respecto al tema.  
El supuesto de la paz  
Desde el año de 1995, con la declaración de Barcelona, se mencionaba una relación directa entre  
la prosperidad compartida y la paz. Esta íntima relación es compartida por diversos textos sobre la  
aplicación de políticas de prosperidad compartida, como el documento del Grupo Banco Mundial,  
titulado Hacia la paz sostenible, la erradicación de la pobreza y la prosperidad compartida (2014). Este  
documento menciona específicamente el caso de Colombia, a la vez que propone la necesidad de una paz  
sostenible entendida como el fin de la violencia y la prevención de sus ciclos. Por su parte, de Areilza  
(2009) señala que: “La prosperidad compartida es un ideal íntimamente relacionado con la paz” (p. 5).  
Para entender esta relación se debe aclarar a qué tipo de paz se refieren los preceptos de la prosperidad  
compartida, pues el concepto de paz desde la filosofía es bastante amplio.  
Dentro de la investigación La construcción del concepto de paz: paz negativa, paz positiva y paz  
imperfecta, Fernando de Harto (2016), señala que, definir aquello que debe entenderse por paz es una  
tarea compleja, al ser este es un término polisémico y estar cargado de historia. Un breve resumen de esta  
historia señala que: “La «paz negativa» se definiría como simple ausencia de guerra y violencia directa.  
La «paz positiva» se definiría como ausencia de fuerza y violencia directa junto con la presencia de la  
justicia social.” (p. 130). El concepto de paz positiva es ampliamente desarrollado por el filósofo y  
sociólogo Johan Gaultung. Desde su teoría, la paz debe ser concebida no solo como la eliminación de la  
violencia, sino también como la creación de condiciones que permitan a todos los miembros de la  
sociedad desarrollarse y prosperar de manera equitativa.  
Mientras que la paz negativa es entendida desde la ausencia (especialmente de guerra en el  
contexto internacional), una ausencia de violencia no es suficiente para el bienestar social. Bajo este  
supuesto, la paz positiva cobra relevancia en el marco teórico de la prosperidad compartida a raíz de lo  
siguiente: “La paz positiva surgiría como antítesis de la violencia estructural. Johan Gaultung sugiere que  
mientras existan injusticias e insatisfacciones de las necesidades humanas básicas por parte de algunos  
seres humanos, no existe la paz, aunque no nos agredamos directamente” (Jiménez Bautista y Jiménez  
Aguilar, 2014, p. 154). Este concepto de paz se encuentra íntimamente ligado a la justicia social. Si la  
prosperidad compartida está basada en la justicia social y, por otro lado, la paz positiva implica el  
despliegue de estructuras para lograr una sociedad justa, ambas se vinculan al buscar no solo el  
crecimiento económico, sino también la mejora de las condiciones de vida de los sectores más  
vulnerables. Con ello, asumimos de forma radical que no puede existir prosperidad compartida en  
ausencia de paz.  
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Sin embargo, los conceptos de paz negativa y paz positiva no son los únicos que se desarrollan  
dentro de los estudios de paz. Jiménez Bautista (2021) hace referencia a Francisco A. Muñoz, quien  
introduce el concepto de paz imperfecta. Este concepto destaca que, aunque es importante trabajar hacia  
la paz, los esfuerzos reales para alcanzarla están llenos de contradicciones y limitaciones. Jiménez afirma  
que Muñoz “aborda la paz como un proceso, difícil de alcanzar, que se reconoce y se construye  
diariamente” (p. 18). Sin embargo, de acuerdo con Francisco Jiménez, aunque la paz imperfecta puede  
ser viable en el sentido en que se confronta con categorías superiores de paz que sirven como modelos de  
inspiración, está todavía no ha encontrado vías conceptuales ni herramientas formales que sirvan como  
una aplicación real (2021). Para responder a una alternativa entre la dicotomía de la paz negativa y la paz  
positiva, Jiménez (2020) resalta el término de la paz neutra:  
La paz neutra intenta romper la polarización entre paz positiva y paz negativa […] profundiza en  
los aspectos culturales para consolidar la cultura de paz en base a la diversidad cultural y de esa  
forma, intentar reducir las violencias (culturales y simbólicas), a través de una re-definición de la  
política y la economía de los saberes, las realidades y la burocracia. (p. 307)  
La definición de la paz neutra concuerda totalmente con la prosperidad compartida en su  
cometido de redefiniciones políticas para lograr un bien común.  
Si bien no es la finalidad de este artículo profundizar más respecto a los estudios de paz, es preciso  
aclarar que se deben considerar dichos estudios a la hora de abordar cualquier proyecto de la prosperidad  
compartida, en cuanto que la paz se encuentra comprometida con la transformación social y la justicia.  
En este sentido, afirmamos que la paz y la prosperidad compartida no son requisitos una de la otra, sino  
que tienen una relación concomitante, antes que causal. La paz es el cuarto y último supuesto filosófico  
detrás de la prosperidad compartida, pero no el menos importante, pues no se puede hablar de una sin  
la otra. Al mismo tiempo, prosperidad y paz no son escalones o pasos seriados, sino que comparten un  
desarrollo que necesita llevarse a la par.  
Conclusión  
Como hemos podido observar, la prosperidad compartida es un concepto que, aunque ha sido  
desarrollado desde un marco socioeconómico, se apoya en bases teórico-filosóficas bastante sólidas. A lo  
largo de esta investigación desarrollamos los cuatro supuestos principales, pero es necesario recalcar que  
estos no se encuentran aislados, sino articulados entre sí. El supuesto antropológico subraya la necesidad  
de considerar una teoría sobre la persona desde su multidimensionalidad, y no desde conceptos cerrados.  
A partir de este marco antropológico, se puede comprender el progreso y la justicia social, como una  
forma de avance de la sociedad en su conjunto hacia un mundo de bienestar global. Al mismo tiempo, la  
paz se convierte en el entorno necesario para que la prosperidad compartida se despliegue plenamente.  
Dichos supuestos filosóficos fundamentan la teoría detrás de la prosperidad compartida y  
clarifican sus posibilidades de aplicación y concreción. Al mismo tiempo, permiten desarrollar una  
amplia discusión del tema y posicionar un debate importante. Cabe señalar que los conceptos filosóficos  
que se han desarrollado en este artículo no son los únicos que pueden encontrarse dentro de la  
prosperidad compartida en la actualidad, pero sí los que consideramos más fundamentales como punto  
de partida. A partir de ellos, se pueden abordar otros temas de gran relevancia filosófica, como la ética,  
la política, la axiología, etc.  
Por otro lado, debemos apuntar que, a pesar de que la prosperidad compartida se fundamenta en  
marcos teóricos sólidos, esta no se encuentra cerca de ser un proceso acabado. Por el contrario, requiere  
una dinámica de desarrollo y continua adaptación a las necesidades específicas de las personas y de las  
comunidades. Si bien los lineamientos básicos de la prosperidad compartida fueron detallados  
específicamente a partir del año 2013, el mundo es radicalmente distinto 11 años después. Por un lado, la  
pandemia de COVID-19 afectó las proyecciones que se tenían previstas para el crecimiento económico a  
nivel mundial para la década actual. Esto obligó a los países a repensar nuevas formas de bienestar  
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general desde entramados complejos y no solamente monetarios, lo que propició el terreno para la  
prosperidad compartida. Por otro lado, la aceleración exponencial de las nuevas tecnologías, como la  
Inteligencia Artificial, plantean preguntas fundamentales ligadas al desarrollo de la prosperidad, por  
ejemplo, el futuro del empleo, el ocio y la calidad de vida.  
Al respecto, Klinova y Korinek (2021) discuten los avances de la Inteligencia Artificial y su impacto  
en la prosperidad compartida, desde el análisis de los efectos de esta tecnología en la demanda laboral,  
la productividad y el desempleo. Ellos afirman que, si bien la IA tiene el potencial de generar condiciones  
de desigualdad, también puede ser utilizada para obtener un amplio beneficio social. La posibilidad de  
una o la otra, depende tanto del desarrollo de políticas específicas como de los desarrolladores de IA: “AI  
developers have a moral responsibility to think about the economic impact of their creations, whom they  
might benefit and whom they might harm.” (p. 5). Así, se debe realizar un esfuerzo de rigurosa reflexión  
respecto a tales impactos, con la finalidad de que se alineen con las metas de la prosperidad compartida.  
Al mismo tiempo, el uso de nuevas tecnologías en este campo, abre paso a discusiones filosóficas que  
deben ser atendidas con mayor necesidad, como la ética y la filosofía de la ciencia.  
En este tenor, señalamos que la prosperidad compartida continuará exigiendo un amplio  
reconocimiento de diversas disciplinas, como la política, la economía, la sociología y, con especial interés,  
la filosofía. Al mismo tiempo, toda política de prosperidad compartida requiere un pensamiento filosófico  
para sustentarse. Solo desde un proyecto transdisciplinar se pueden concretar las metas y objetivos  
propuestas dentro de la misma. Si bien existen una multiplicidad de desafíos pendientes, la prosperidad  
compartida puede convertirse en una política tangible, que englobe las aspiraciones filosóficas que, a lo  
largo de siglos, pensadoras y pensadores han anhelado, en aras de un mundo mejor y más justo. Como  
bien señaló Fred Phillips (2005), “The shared prosperity concept cannot survive simply as an  
inspirational phrase” (p. 548). Casi veinte años después, este pensamiento continúa vigente. Ni la filosofía  
ni la prosperidad compartida son solo frases inspiracionales, sino pensamientos y proyectos tangibles  
que deben ser tomados en consideración para la consecución del bien común.  
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