más allá, pues, desea ser conocido como alguien superior, quiere que lo vean como el amo (1971, p.
1
17). Porque a diferencia de otras especies el ser humano es un ser que desea voluntades. En este
deseo de voluntades el sujeto A quiere que el sujeto B se le someta como esclavo:
El fenómeno del reconocimiento (la Anerkennung
de Hegel) es la operación
fundamental en la constitución de las identidades [...] nuestra identidad es definida por
otros, en particular por aquellos que se arrogan el poder de otorgar reconocimientos
“legítimos” desde una posición dominante [...] Por eso Hegel hablaba también en su
Fenomenología de la “lucha por el reconocimiento”: luchamos para que los otros nos
reconozcan tal como nosotros queremos definirnos, mientras que los otros tratan de
imponernos su propia definición de lo que somos (Giménez, 2007, p. 66).
Sin embargo, en Kafka sucede algo paradójico, pues, si bien la identidad surge de este proceso de
lucha entre individuos, en la novela se le da un giro. Este giro radica en que al protagonista no se le
permite luchar contra los otros, pues, ni siquiera es reconocido como sujeto. Por lo que se presenta
una analéctica. ¿Por qué analéctica y no dialéctica? Mientras que la dialéctica Hegeliana busca la
síntesis de los contrarios, es decir, la unidad de los diferentes, en la analéctica no existe una lucha
entre iguales, pues, no existe unificación. Al considerar a una de las partes como “nada” no puede
haber confrontación, sino, sólo sometimiento. Por lo que en la novela de Kafka dicha negación influye
en la construcción de los sujetos. Es decir, los individuos al no poder realizar este proceso de lucha se
ven reducidos a nada. La noción de sujeto siempre lleva consigo, indirectamente, distintas categorías
conceptuales y sociales que le brinden identidad. Ejemplo de esto serían el género, orientación sexual,
religión, pigmentación de piel, etnicidad, clase socioeconómica, localización geográfica, entre otras
interseccionalidades. Por lo tanto, la idea y noción de “sujeto” implica la idea de que se está hablando
de un “ser humano”; sin embargo, se le atribuye esta categoría de “ser humano” a individuos que
pertenezcan a una misma comunidad. El ejemplo más claro ante esto es el fenómeno migratorio en
donde a las personas en movimiento, es decir, los migrantes, se les trata de una manera horrible,
incluso inhumanas despojándolos de cada uno de sus derechos más elementales. De esta manera el
protagonista de El Castillo, K, al ser un extranjero queda fuera de los parámetros de humanidad
convirtiéndose en algo extraño, en lo otro, en lo ajeno. Recuérdese que la novela La Metamorfosis, el
protagonista es un insecto (un no-sujeto, un no-humano); en la novela El proceso el protagonista al
morir sus últimas palabras son: “cómo un perro” (un no-humano). Es decir, los protagonistas de
Kafka comparten la movilidad de espacios, la fragmentación, el despojo y la negación de sus derechos
ante la ley, pues, son vistos como un ser excluido del Derecho. Por ejemplo, en los siguientes casos de
la novela el protagonista K se confronta al despojo:
¿Hay que tener permiso para dormir aquí? […] Ese permiso hay que tenerlo, fue la
respuesta y se convirtió en grosera burla para K (1985, p. 8).
Él tiene razón, es imposible: sin permiso, ningún forastero puede ir al castillo. “¿Dónde
hay que solicitar el permiso?” (1985, p. 28).
¿y quién soy yo entonces?, pregunto K. tan calmo como hasta ese momento […] ¿cuándo
puede ir al castillo mi patrón? Nunca, fue la respuesta (1985, p. 30).
El protagonista de El Castillo es excluido de lo político, de la ley, de la comunidad, por lo que es
excluido de sus derechos fundamentales. Incluso, despojado del derecho a tener derechos, derecho a
pertenecer a un cuerpo social, se le niega residencia, trabajo, se le niega legitimidad humana. ¿Cómo
se manifiestan estas negaciones en la novela? Cuando el protagonista quiere hablar con las
autoridades pertinentes los habitantes del pueblo se burlan de él por creer que puede comunicarse
con el Castillo y más específicamente con uno de sus trabajadores llamado Klamm:
“Tengo que hablar con Klamm”. “Esto es imposible”, dijo Frieda levantándose
ligeramente apoyándose en K., “¡qué ocurrencia!” “Así tendrá que ser”, dijo K.; “si a mi
me resulta imposible conseguirlo, tendrás que hacerlo tú”. “No puedo, K., yo no puedo
hacerlo” dijo Frieda; “jamás hablará Klamm contigo. ¡Cómo puedes creer que Klamm
hablaría contigo!” […] Se volvió hacia la mesonera con los brazos extendidos: “Vea usted,
señora mesonera, lo que pide”. “Es usted raro, señor agrimensor”, dijo la mesonera […]
“pide usted cosas imposibles” […] el señor Klamm jamás hablará con él, ¿qué digo
‘hablará’?, jamás podrá hablar con él. ¡Oiga usted, señor arimensor!;: el señor Klamm es
un señor del castillo, ya esto de por sí, aun dejando de lado, por completo, la posición
restante de Klamm, significa un rango muy elevado. En cambio ¿qué es usted? […] No
es usted del castillo, no es usted de la aldea, no es usted nada. Pero, por desgracia, es
46