2023 | REVISTA OREXIS. EXPLORACIONES ÉTICAS  
Vol. 1. Núm. 2, julio-diciembre. e-ISSN: 3122-4547  
TRADUCCIÓN  
Edgar Morin:  
Pensar la complejidad  
Universidad Autónoma de Chihuahua  
Desde hace aproximadamente sesenta años, Edgar Morin, antropólogo, se ha hecho de un  
nombre como el teórico del pensamiento complejo: una forma singular de  
descompartimentar los saberes y de cultivar la exigencia de la interdisciplinariedad, en la  
esperanza de reconciliar la cultura científica con la cultura humanista.  
“Religo luego soy”: así podría formularse el cogito de Edgar Morín. El ojo vivo, la  
palabra pronta, el antropólogo no termina después de más de medio siglo de tender puentes  
entre las ciencias y las humanidades. Figura entre los maestros de la sociología francesa,  
adulado en América latina y en particular en México, donde una universidad pronto llevará  
su nombre . Edgar Morin es sobre todo conocido por ser el gran teórico del pensamiento  
1
complejo, ésta práctica transdisciplinar de los saberes, de la cual se ha hecho el apóstol, a lo  
largo de diferentes volúmenes de El Método: una aventura intelectual de varias décadas  
(1977-2004) de los cuales aquí está la última parte consagrada a la ética.  
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Hijo de Vidal Nahoum, calcetero de mayoreo, judío de origen griego, Edgar Morin  
tenía nueve años cuando muere su madre, Luna. “Debí aprender a vivir como marrano del  
dolor (…) De este agujero negro de una densidad infinita, de un vacío infinito, vienen mi  
desesperanza y mi escepticismo, pero también mi esperanza y mi fe en la vida”, escribe, en  
su Autobiografía intelectual. En la primavera de 1944: Edgar Morin, en el contexto de la  
resistencia, se encuentra con Dionys Mascolo, Robert Antelme y Marguerite Duras. Juntos  
crean, después de la guerra, la Cité universelle, una aventura editorial efímera. Un año antes  
en 1945, se casa con Violette Chapellaubeau, con la cual tendrá dos hijos, Irene y Véronique.  
Conservando su nombre de resistente, Edgar Nahoum se convierte en Edgar Morin.  
Antropólogo. Él es este pensador al que atormentan los movimientos de la actualidad, el  
primer capítulo de los cuales fue mayo del 68. Sociólogo, él es alguien que un deseo de teoría  
invita a superar el singular hacia el universal. Así como el escepticismo que hereda en parte  
de Montaigne, lo invita a criticar los dogmatismos, una indefectible sensibilidad literaria  
anima este espíritu científico y de método. Autor, en fin, de un libro como Amor, poesía,  
sabiduría, aparecido en 1997, es también este hombre que continua, a despecho del  
movimiento formalista, pensando en lo real, evocándolo y sobre todo creyendo en él.  
1 Universidad del mundo real Edgar Morin  
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Vocero.uach.mx,  
Le Magazine littéraire. Usted rechaza la etiqueta de sociólogo que se le  
adjudica. ¿A partir de qué momento sus trabajos en su itinerario intelectual,  
no han dado cuenta de la sociología, sino más bien de la antropología?  
Edgar Morin. En realidad, el orden cronológico es casi inverso. Cuando entré a la  
universidad, estaba penetrado de la visión marxista, según la cual para aprehender lo  
humano, había que concebirlo en todas sus dimensiones: económico, sociológico,  
psicológico, biológico. Una frase en tono profético tuvo para mí valor de programa: la del  
Marx que decía que las ciencias de la naturaleza abarcarán las ciencias humanas y que las  
ciencias humanas abarcarán las ciencias de la naturaleza. En esa época no existía la  
licenciatura en sociología. Ésta estaba comprendida en la licenciatura en filosofía. Mi  
formación inicial, en lo que a mí concierne, fueron la historia, el derecho (dónde se enseñaba  
economía), la filosofía hasta el grado de la licenciatura. Más tarde, entré al CNRS en la  
sección de sociología, lo que explica la etiqueta de sociólogo que a menudo se me atribuye.  
En L´an zéro de l´Allemagne, relato, a manera de documental, la experiencia  
inaudita que tuve en una Alemania bajo la ocupación que yo recorría de parte en parte, no  
en el sentido contemporáneo (el estudio de los pueblos arcaicos que pudieron llevar a cabo  
Lévi-Strauss o Jaulin), sino en el sentido alemán del siglo XIX de conocimiento reflexivo de  
todos los aspectos de la experiencia humana. Lo que me ha guiado, en el momento de  
L´homme et la Mort, es la idea que no se podía dar cuenta de una realidad más que  
observándola desde todos estos ángulos, teniendo a la biología, a la mitología, a la psicología  
del niño, al psicoanálisis freudiano y postfreudiano, a la historia de las religiones, etc., que,  
en el estado de nuestro saber, están todavía separados y compartimentados. Estaba obligado  
a tener una mirada “poliscópica” y también a afrontar las paradojas y las contradicciones.  
Yo tenía ya el sentido de la complejidad sin haber reconocido y desarrollado la noción.  
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En la medida que usted había manifestado un interés constante por las  
cuestiones sociales (proceso Papon, el caso de la sangre contaminada, el debate  
sobre el aborto) ¿se definiría usted como un “antropo-sociólogo”?  
Se puede decir que camino sobre dos piernas: una es más bien antropológica, la otra  
está bajo la égida de lo inmediato y lo contemporáneo, yo diría incluso el acontecimiento. En  
este último caso, soy hipersociólogo o más bien socio-historiador. Lo que siempre me ha  
fascinado del acontecimiento- se trate de mayo del 68 o de Orleans- es la sorpresa que causa  
desarreglando nuestros esquemas de pensamiento. Yo participé en un estudio  
pluridisciplinar en la comuna bretona de Plozévet sobre el fenómeno de la modernización  
en 1965. Una vez en el lugar, comprendí que era necesario un método que sea lo contrario al  
enfoque sociológico de la época, según el modo del cuestionario aplicado a una muestra  
representativa de la población. Elaboré, al contrario, un método que demanda a la vez el  
pleno empleo de la subjetividad y el pleno empleo de la objetividad, satisfaciendo a la vez la  
exigencia de empatía y de amor, pero también de una distancia. A mi regreso de California,  
en que me hice de una nueva cultura, que me ha permitido reorganizar mi manera de  
conocer, participé en la organización del coloquio de Royaumont sobre la unidad del  
hombre. A partir de los años setenta, el proyecto de un trabajo que se intitularía El método  
se me impone, lo que realicé de 1973 hasta el día de hoy. Eso no me ha impedido intervenir,  
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en el Mundo, en la guerra de Yugoslavia o en el conflicto israelí y Palestina. Sin ser politólogo,  
considero inseparable de la reflexión antropológica la dimensión política que lleva, para mí,  
a la cuestión de la relación con la comunidad humana, es decir, de lo que depende  
finalmente, de la ética.  
En Ética, usted vuelve sobre esta gran ilusión política que fue el comunismo, el  
socialismo real. La cuestión del totalitarismo se halla ahí de manera  
subyacente.  
He reflexionado sobre mi experiencia comunista. Antes de la guerra había leído a  
Trotski, Souvarine, todas mis lecturas me empujaban a rechazar el comunismo estalinista.  
Yo era llevado unas veces hacia la izquierda, otras hacia el reformismo, pero no hacia el  
estalinismo. Es cuando llega, después de la ocupación el ataque alemán a Rusia y la  
resistencia de Moscú, a fines de 1941, que me dije que hay solamente dos potencias en el  
universo- el nazismo y el comunismo- la democracia había demostrado su incapacidad en el  
curso de los años treinta. Imbuido de Hegel, de su idea de astucia de la razón (Napoleón, que  
pensaba satisfacer su ambición personal, aporta en realidad la revolución en Europa), llegué  
a dos argumentos fundamentales para volverme comunista, diciéndome entonces que todos  
los vicios del sistema son debidos: 1) al atraso de la Rusia zarista que hereda el comunismo;  
2) Al encierro capitalista que la colocaba en una posición de fortaleza sitiada. Después de la  
victoria, pensaba, todos los gérmenes magníficos del socialismo y del comunismo se van a  
desarrollar. Sin ser ingenuo acerca de los hechos, yo era alguien que se había equivocado en  
el razonamiento. Cuando operé enseguida una penosa “desconversión”, me pregunté cómo  
había podido equivocarme, y busqué las causas en mi propia manera de pensar.  
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Volvamos a la antropología. ¿En qué contexto tuvo lugar, de manera más  
precisa, la orientación antropológica que usted le dio cada vez más a su trabajo?  
Para escribir El hombre y la muerte en 1951, he debido estudiar la biología de la  
época. Esta curiosidad sobre el estado de las ciencias no se desvaneció nunca. Fue  
inseparable de la experiencia de la revista Arguments. A fines de los años sesenta, a partir  
de mi experiencia californiana en el Instituto de investigaciones biológicas, descubro no  
solamente la revolución biológica (nueva genética, biología molecular, etc), sino también  
nuevas concepciones como la cibernética de Norbert Wiener, las teorías de Gregory Bateson,  
el pensamiento de Heinz von Foerster. Fue la época en que descubrí que hay una manera de  
pensar que correspondía a mis necesidades cognitivas profundas. Esta transformación va a  
dar nacimiento al “Método”, que yo tomaba en su sentido griego de encaminamiento,  
alrededor de la idea directriz siguiente: ¿cómo conocer o pensar tratando de evitar al  
máximo el error y la ilusión?  
Desde los años setenta, fecha del primer volumen de El Método, usted llevó a  
cabo la empresa de defender la exigencia del pensamiento complejo. Definida  
negativamente, ésta escaparía por un lado al exceso de especialización, por el  
otro a la pretensión de un saber total, absoluto o definitivo.  
El pensamiento complejo adopta un movimiento en zig zag. El problema de la  
complejidad si se le refiere en el sentido del latín de complexus “tejido en conjunto”, era de  
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religar los saberes, a partir de los útiles cognitivos que faltan en el tipo de conocimiento que  
nos ha sido enseñado, y que quise desprender en mi trabajo: el principio dialógico, de la  
recursividad, y el principio holográmico. Una vez que se tiene que ver con la complejidad,  
no podemos soñar con un conocimiento exhaustivo, absoluto: queda siempre una parte de  
incertidumbre debida al azar, a los límites del conocimiento. Lo que hace que un  
conocimiento complejo no será nunca un conocimiento completo. Teniendo en cuenta las  
interacciones entre el medio natural y la actividad humana, la ecología, por ejemplo, es en  
el pleno sentido del término una ciencia compleja, que se complejiza, por lo demás, todos  
los días, sin ser, sin embargo, por lo mismo una ciencia completa.  
Se trata de vivir con el sentimiento del inacabamiento del saber y de su  
transformación permanente.  
El pensamiento complejo es el que da todo su lugar a “la ecología de la acción”  
otra noción muy apreciada por usted.  
Según el principio que quiere que un texto se aclare a través de su contexto, el  
conocimiento debe siempre situar su objeto. Era la gran carencia de la ciencia clásica aislar  
los objetos unos de los otros. En la actualidad, hay ciencias que se complejizan: las de la  
segunda revolución científica en curso como la prehistoria, las ciencias de la tierra, la  
cosmología, etc.  
Mientras que las que permanecen fieles a dos ideas clásicas del reduccionismo y del  
determinismo están, en cambio, en vías de ser superadas. La noción de auto-organización-  
es decir, la manera, para un organismo de sacar su energía del medio ambiente- es  
fundamental para comprender lo que es la vida. La ecología de la acción significa que toda  
acción en el medio humano escapa progresivamente a las intenciones de su iniciador, sufre  
las interacciones y retroacciones de dicho medio y puede golpear en boomerang al que la ha  
lanzado. De ahí la necesidad de una conciencia de apuesta y de operar una estrategia.  
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El pensamiento complejo sería un método que permite criticar los límites del  
enfoque científico. Usted cita en particular a Max Weber, que habla de la “jaula  
de fierro” de la racionalización y de la mecanización.  
Por una parte, en efecto, opongo la racionalidad a la racionalización. Si la  
racionalidad está abierta, siempre sensible a los cuestionamientos de la experiencia, la  
racionalización es una concepción lógica, pero completamente cerrada y cuyas premisas  
pueden ser falsas. Por otra parte, hago una crítica a la mecanización, es decir, a la tendencia  
a aplicar al ser humano y a la sociedad la lógica reduccionista y determinista que es la de la  
ciencia clásica y que funciona muy bien para las máquinas artificiales.  
El pensamiento complejo es igualmente, según usted, un antídoto contra las  
simplificaciones y los delirios de la ideología.  
Lo propio de las ideologías es el hecho de estar cerradas. Yo retomo la distinción que  
hace Popper entre una teoría científica y una teoría no-científica. Para él, una teoría  
científica acepta la posibilidad de su propia refutación. Una teoría no científica se juzga, al  
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contrario, irrefutable. Así el marxismo y el psicoanálisis dogmáticos consideran todas las  
objeciones como puntos de vista perversos o imbéciles. Pero hay otra manera de abrir el  
marxismo o el psicoanálisis, permitiéndoles corregirse o desarrollarse de otra manera.  
Primer punto, entonces: la ideología debe aceptar la idea de su “biodegradabilidad”.  
Segundo punto: el hecho que el mundo de las ideas crea entidades poderosas que tienden a  
convertirse en dominadoras. Hay tantas ideologías como dioses que, aunque creadas por el  
hombre, se vuelven más poderosas que él, llegando hasta ordenarle matar y morir por ellas.  
El pensamiento complejo que defiendo representa para mí un antídoto contra la dominación  
de estas “ideas maestras” inseparables de todo discurso ideológico.  
En su crítica del conocimiento científico, que toca la idea de que la ciencia sería  
incapaz de una reflexión epistemológica, ¿no es usted tributario de una  
tradición filosófica (Husserl, Heidegger) para quienes la ciencia “no piensa”?  
Retomo la parte de verdad que hay, a mis ojos, en la crítica que ha hecho Husserl,  
explicando que había un punto ciego en el conocimiento científico vuelto hacia el objeto,  
pero ignorando al sujeto que lo produce. Es la ignorancia del sujeto y la incapacidad de  
observarse a sí mismo, lo que crea este enceguecimiento de la ciencia en cuanto a las  
consecuencias de su actividad. En cuanto a Heidegger, corregiría su frase diciendo que la  
ciencia no se piensa.  
¿Este enfoque transversal que es el conocimiento complejo es una manera de  
renovar con el ideal del pensamiento global propio del humanismo  
renacentista? Por otro lado, ¿no se expone su teórico al proverbio: “El que  
mucho abarca poco aprieta”?  
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En la introducción general a El Método, digo que no soy “enciclopédico” sino  
“enciclopedable”, es decir, poniendo en ciclo, religando el saber. Ahí planteo que el holismo  
no es más válido que el repliegue sobre lo fragmentario y lo particular. El holismo es otra  
forma de reduccionismo. Soy fiel a Adorno quien ha dicho que la totalidad es la no-verdad.  
Los humanistas del renacimiento (Pico, Leonardo da Vinci) han demostrado, en efecto, la  
virtud de la polivalencia. Tratándose de untiempo como el nuestro, se percibe con frecuencia  
que la relación de dos competencias puede ser fecunda, y a menudo, es en otra disciplina  
cercana o lejana que se hace el descubrimiento importante para una disciplina dada. En la  
actualidad, la verdadera cultura no puede venir sino de la conexión entre la cultura literaria,  
artística, filosófica, y la cultura científica. La ciencia aporta alimentos que ninguna filosofía  
hubiera podido soñar o imaginar, pero ella no es rica de esta capacidad de reflexión, de la  
cual solamente la filosofía y las ciencias humanas son capaces. Asimismo, la sociología  
permanecerá siempre abstracta en relación a la novela, que, pasando por la afectividad  
subjetiva, la empatía, es en comparación, de una riqueza cognitiva inaudita. Los  
conocimientos científicos no están condenados a ser separados y esotéricos. Si el  
movimiento de especialización se prosigue, el movimiento en sentido inverso no existe en  
efecto menos, que consiste en religar los conocimientos. Lo que es importante es la  
autocrítica, indisociable de lo que llamo en mi último libro la cultura psíquica, que consiste  
en no delegar al otro el aprendizaje de sí, incluso si se le puede y debe solicitar un  
esclarecimiento exterior. Hay, de hecho, varios niveles de racionalidad: la racionalidad  
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teórica, la racionalidad crítica y finalmente la racionalidad autocrítica, que comienza  
realmente con Montaigne. Si el pensamiento complejo pone de relieve la solidaridad entre  
las cosas y practica la “religación”, es decir, la circulación entre los diferentes saberes, es  
también una manera, de llevar a cumplimiento esta vez el salto del saber a la ética, de  
entrever lo que sería la solidaridad, la fraternidad entre los seres humanos.  
Traducción del francés por Luis César Santiesteban  
Tomado de Magazine Littéraire No. 437, Décembre 2004, pp. 92-97  
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