ningún tipo de disfraz o enmascaramiento de las condiciones de la vida, han comprendido en su
cabalidad lo absurdo de la misma.
Vivir, naturalmente, nunca es fácil. Uno sigue haciendo los gestos que ordena la existencia,
por muchas razones, la primera de las cuales es la costumbre. Morir voluntariamente supone
que se ha reconocido, aunque instintivamente, el carácter irrisorio de esa costumbre, la
ausencia de toda razón profunda para vivir, el carácter insensato de esa agitación cotidiana y
la inutilidad del sufrimiento… El tema de este ensayo es, precisamente, esa relación entre lo
absurdo y el suicidio, la medida exacta en que el suicidio es la solución de lo absurdo. Se puede
sentar como principio que para un hombre que no hace trampas lo que cree verdadero debe
regir su acción. La creencia en lo absurdo de la existencia debe gobernar, por lo tanto, su
conducta. Es una curiosidad legítima la que lleva a preguntarse, claramente y sin falso
patetismo, si una conclusión de este orden exige que se abandone lo más rápidamente posible
una situación incomprensible. Me refiero, por supuesto, a los hombres dispuestos a ponerse
de acuerdo consigo mismo… quienes se suicidan suelen estar con frecuencia seguros del
sentido de la vida.5
Ya en el libro bíblico de Eclesiastés, tradicionalmente atribuido a Salomón, se había plasmado
la idea del absurdismo de la siguiente forma: “Vanidad de vanidades, dijo el predicador; vanidad de
vanidades, todo es vanidad. ¿Qué provecho tiene el hombre de todo su trabajo con que se afana debajo
del sol? Generación va, y generación viene; más la tierra siempre permanece” (Eclesiastés 1:2-4 RVR).
Rick Warren, escritor evangélico contemporáneo, coincide en cierto aspecto con Camus
respecto a la absurdidad de la vida, sólo en el supuesto que ésta se viva sin propósito alguno; de esta
manera cita a Thomas Carlyle como sigue: “El hombre sin propósito es como un barco sin timón, un
soplo, nada, nadie”6
En efecto, la condición de un barco diseñado y construido sin timón, que de alguna forma se
encontrara a flote en alta mar es absurda; aun cuando los tripulantes y pasajeros estén viviendo a
bordo, llevando a cabo actividades y esfuerzos para completar el ciclo de “nacer, crecer, reproducirse
y morir”, todo ello es absurdo, puesto que no existe un objetivo al que se direccionen las acciones para
alcanzarlo, sino que solo se pasa el tiempo perpetuando la existencia humana; en realidad, no tiene
ningún sentido. “Sin un propósito, la vida es una marcha sin sentido, un movimiento sin dirección y
sucesos sin motivos. La vida sin propósito es trivial, insignificante e inútil”7.
6
Es así como la vida sin propósito, viene a ser un esfuerzo inútil y absolutamente vano. El
refrán que reza: “no eches las cosas en saco roto”, puede aludir a alguien que se dedica a juntar latas
de aluminio tiradas en la calle para comercializarlas y obtener una ganancia, pero, el saco que emplea
para recogerlas se encuentra roto, por lo que al final de la jornada no obtendrá el resultado de su
esfuerzo porque habrá perdido las latas, es decir, todo el trabajo realizado fue en vano; sin embargo,
si a mitad de dicha jornada, la persona se percata de lo absurdo de la labor que se encuentra
realizando, y la abandona por otra que en efecto tenga sentido (incluso el cambiar o reparar el saco),
habrá optado por la opción más inteligente posible.
Como ya se mencionó, al igual que cualquier acción que se ejecuta sin un propósito
determinado merece ser abortada (por ser en absoluto absurda), es menester que la vida misma del
ser humano esté direccionada por un propósito al cual enfocar el esfuerzo. “La tragedia más terrible
no es morir, sino vivir sin propósito8; entonces, vivir sin propósito alguno es absurdo y, por lo tanto,
no vale la pena el esfuerzo por vivir, y por supuesto, si no vale la pena, morir voluntariamente es la
mejor respuesta, lo que coincide con la opción que Camus presenta.
Warren, ante la problemática descrita, remite su propuesta de solución a, que el ser humano
debe desarrollar una fe teológica, como único derrotero posible para subsanar este sin sentido de la
vida, “Si no hubiera Dios, todos seríamos unos accidentes, el resultado fortuito de una lotería
5 Camus, Albert. El mito de Sísifo. Traductor Luis Echávarri, España, Alianza, 1995, 18-19.
6 Warren, Rick. Una vida con propósito. México, Vida, 2012, 31.
7 Ibid. 34.
8 Camus, Albert. El mito de Sísifo. Traductor Luis Echávarri, España, Alianza, 1995, 34.
e-ISSN: 3122-4547
2023 | Revista Orexis. Exploraciones éticas, 1(2), [4-9]