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PHRŌNESIS DELIBERACIŌN-DIRECCIŌN-PRÁXIS, Vol. I (2): e2219 (2025)
https://revistascientificas.uach.mx/index.php/fronesis
Editorial
La Modernidad tardía, Construcción de la
Identidad y Estudios del Discurso
Late Modernity: Identity Construction and Discourse Studies
*Correspondencia: ymendoza@uach.mx (Yesenia Mendoza-Villalobos)
El término modernidad tardía fue acuñado por los sociólogos Anthony Giddens, en Estados
Unidos y, más tarde, por Andreas Reckwitz, en Alemania (Giddens, 1991; Reckwitz, 2017),
con una propuesta de acercamientos sociales teóricos para describir fenomenológicamente
la fase tardía de la época de la modernidad. A dicho periodo de la modernidad lo caracteriza
un proceso de transformación profunda de las instituciones sociales, los valores culturales y
las estructuras sociopolíticas. Lo que marcaba nuestras vidas como producto de la
industrialización está llegando a su fin, pero sin que se vea ya claramente el cambio
paradigmático indicador de que nos dirigimos hacia una nueva, o siguiente época.
Si bien no se puede mencionar un inicio tangible y concreto de la modernidad tardía,
sí se puede decir que se da a partir de una serie de desarrollos sociopolíticos y económicos
que sucedieron, y están sucediendo, en paralelo. El turbo-capitalismo que se impone sobre
otras propuestas económicas desde los años 80s y 90s del siglo pasado, la creciente
digitalización y el traslado de las relaciones sociales a plataformas en Internet, la
tecnologización generalizada del mundo laboral, o la creciente urbanización de nuestro
planeta, así como las señales inequívocas para catástrofes climáticas inminentes, el declive
de muchos recursos naturales, y los efectos de una sobrepoblación mundial son algunos de
los momentos, que al interactuar, producen en su conjunto la modernidad tardía. En este
sentido, podemos decir que la modernidad tardía no es un periodo estable y con
delimitaciones claras, sino es más bien la última fase de la modernidad que se caracteriza
por una dinamización permanente y una fuerte reflexividad.
El mundo tardomoderno exhibe una serie de disonancias estructurales,
institucionales e individuales entre lo que fueron los logros y aciertos del auge de la
modernidad en el siglo pasado y su declive con el inicio del presente siglo. Estas disonancias,
incluso disrupciones, dinamizan todos los aspectos de nuestras vidas, la visión de los
teóricos citados sintetiza dichas características tardomodernas y como son abordadas
(Tabla1).
Sabine Pfleger1 , Yesenia Mendoza-Villalobos2* https://doi.org/10.54167/phddp.v1i2.2219
1 Escuela Nacional de Lenguas, Lingüística y Traducción, Universidad Nacional Autónoma de México
2 Editor en Jefe. Dirección de Investigación y Posgrado, Universidad Autónoma de Chihuahua
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Tabla 1
Conceptualización de la modernidad tardía de acuerdo con los teóricos centrales
Característica
tardomoderna
Giddens
Enfoque
Instituciones y estructuras sociales
Dinámica central
Radicalización de la modernidad
Consecuencias
Riesgos y vulnerabilidad
Nota: Elaboración propia
Si revisamos la conceptualización esencial del periodo tardomoderno, tal como
recién se planteó (tabla 1), vemos que tanto Giddens como Reckwitz coinciden en que las
características fundamentales de la época presente implican una mayor dinamicidad en
todo. Pero mientras que para Giddens (1991; 1995) la manifestación se centra
mayoritariamente en el estudio y la descripción de los cambios y disrupciones que sufren las
identidades institucionales, esto es, estructuras sociales de todo tipo, tales como
organizaciones internacionales, partidos políticos, grupos religiosos o el cambio en la
concepción de las clases sociales, Reckwitz (2017) por su parte, se centra en explorar los
cambios de los valores culturales, como el entendimiento de lo que es burgués, lo que es
liberal, lo que es honesto o veraz y lo que no lo es.
Consecuentemente, ambos coinciden en que estas disrupciones tardomodernas
inciden en nuestras auto- y heteropercepciones identitarias. Las dinámicas sociales
producen sociedades singularizadas, y a veces incluso solitarias, y también radicalizan los
conceptos introducidos por la modernidad, evidenciando que la idea del capitalismo permea
incluso hasta las relaciones personales. Pero indistintamente de los matices epistémicos, es
justo decir, que vivimos en un tiempo en el que la construcción de la identidad, ese
entendimiento de quienes somos y que es lo que no deseamos ser es uno de los temas más
dinámicos y centrales.
En la modernidad tardía, la identidad se entiende frecuentemente como un proyecto
individual que se somete a constante construcción y perfeccionamiento. Esto, porque la
erosión de las tradiciones, las nuevas jerarquías sociales de clases sociales urbanas y
tecnologizadas, o el desplazamiento de las relaciones significativas desde comunidades
físicas locales a comunidades digitales en plataformas y redes de internet, obliga al individuo
a (re-)definirse y re-posicionarse en una reflexión continua interminable. Anthony Giddens
(1991) sostiene que la identidad moderna ya no se hereda como antaño, sino que se elabora
activamente como una biografía reflexiva que el sujeto debe mantener y revisar
continuamente.
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Esta reflexión permanente del yo y sus circunstancias existenciales abren, por un
lado, muchas nuevas posibilidades de autonomía y autoexpresión que dinamizan muchos
desarrollos sociales y los cambios de ideologías, pero también genera, por el otro lado, una
sensación de fragilidad, ya que la estabilidad del yo depende de condiciones sociales
cambiantes y de la validación constante del entorno. Ejemplo de la dinamización de
desarrollos sociales son, sin duda alguna, la creación de comunidades que cultivan sus
identidades geoculturales (Montoro y Barreneche, en Pfleger y Chávez Herrera, 2025), que
trascienden fronteras locales y nacionales y se identifican a partir de dispositivos y objetos
compartidos en las redes sociales.
Pero la digitalización y el traslado de comunidades hacia la virtualidad no solamente
dinamiza las posibilidades para que se hagan acciones concertadas de manera internacional,
sea para la protección del clima (p.e. Fridays for future), o la lucha para los derechos de las
mujeres (p.e. Me too), superando fronteras y otras limitaciones espaciotemporales, pero que
incluso también fomentan e incuban grupos y comunidades que buscan regresar a
estructuras sociales de antaño. De lo dicho surge también como fenómeno el rollback, que
según Borhi (1999) refleja la dinamización de retrocesos sociales que desean recuperar fases
anteriores de la historia reciente, a la actualidad, o incluso se observan estancamientos en
procesos socioeconómicos, políticos o legislativos.
Las nuevas derechas y las viejas izquierdas operan también de manera virtual, desde
propuestas para ser una esposa tradicional (p.e. la creadora de contenido RoRo, tradwives),
a ideologías políticas ‘renovadas’ (p.e. el movimiento Morena). La pertenencia a
comunidades virtuales puede ser así más relevante —incluso gratificante— que atender la
comunidad física misma, porque la virtualidad proporciona gran bienestar mental y
emocional, con menor coste, hay que decir.
Desde esta perspectiva, la identidad en la modernidad tardía ya no es solo una
experiencia subjetiva, sino que se convierte en un campo público con el potencial para el
conflicto cultural y social. Andreas Reckwitz (2017) observa que la valorización de la
singularidad y la autenticidad intensifican la competencia por el reconocimiento simbólico,
cuyo ejemplo más patente son las redes sociales, lo que a su vez alimenta desigualdades y
sentimientos de resentimiento. La identidad se sitúa en el núcleo de la experiencia moderna:
el sujeto se emancipa, pero también se fragmenta. La construcción de la identidad es una
tarea infinita entre la autonomía personal y la necesidad de ser reconocido por los demás.
Francis Fukuyama (1992) aporta una dimensión política a esta transformación social
e individual tardomoderna, y vincula la construcción de la identidad con la necesidad
humana de reconocimiento. Él sostiene que las sociedades liberales satisfacen los derechos
formales de los individuos, pero no logran responder plenamente al deseo de dignidad
personal y el anhelo de pertenencia. Esta búsqueda de reconocimiento se ha convertido en
el motor de nuevos movimientos sociales y políticos, tanto emancipatorios como
excluyentes, y hace que la política contemporánea, en su visión, se estructura cada vez más
alrededor del thymos, la parte del alma que anhela ser valorada (Fukuyama, 2018).
La construcción de la identidad tardomoderna es una tarea altamente
emocionalizada (Pfleger y Rodríguez Vergara, en prensa), en la que todos debemos de luchar
diariamente por autenticidad y una diferenciación para destacar, para importar, para
construir un significado de nuestra existencia. El individuo tardomoderno ya no recibe una
identidad fija basada en la tradición, la clase social, la herencia cultural o la religión, sino
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que debe crear y justificar activamente su propio yo a lo largo de toda la vida. La identidad
se convierte en un proyecto personal reflexivo, flexible y permanentemente actualizable.
Esta ausencia de estructuras estables frecuentemente provoca incertidumbre y
genera ansiedad, presión y una autoexigencia constante. Una identidad contemporánea
depende del desempeño, la visibilidad y el reconocimiento social, capitales tan disputados
como el poder económico. Con ello, la modernidad tardía es paradoja porque la libertad
individual aumenta constantemente, pero también su vulnerabilidad. La identidad en la
modernidad tardía es posible, sí, pero al precio de una permanente inseguridad,
comparación social y el riesgo de exclusión.
La pregunta que nos tenemos que hacer es, ¿cómo podemos dar fe de estos cambios
en las sociedades tardomodernas, de estas conceptualizaciones emergentes, y de estos shifts
identitarios?
Los fenómenos sociales son tan complejos y multifacéticos que no podemos
abordarlos directamente sin un marco teórico que los interprete. La vida social está
impregnada de múltiples capas de significados, interacciones y estructuras que no siempre
son evidentes a simple vista. Por ejemplo, una protesta o un cambio en la legislación pueden
ser interpretados de manera diferente dependiendo de la perspectiva que adoptemos.
Tenemos que acceder a través de las manifestaciones discursivas. Qué es lo que se dice, a
quién y porqué. El discurso es la herramienta esencial para entender los fenómenos sociales,
y otorgarles un sentido que nos permita comprender sus causas y efectos.
El estudio del discurso nos permite, conectar las experiencias individuales y con las
dinámicas colectivas para comprender la construcción simbólica de la realidad (Pfleger,
2021) de diferentes sectores de la sociedad. Para reconstruir epistémicamente lo que ocurre
en una sociedad, debemos ir más allá de los simples hechos y adentrarnos en los discursos y
el interdiscurso, analizando quién habla, desde qué posición y con qué propósito. Sin este
análisis discursivo, no podemos tener una visión completa de los fenómenos sociales que
nos afectan.
Las identidades nuevas, fugaces e inestables, múltiples y complejas de la modernidad
tardía desafían los modelos de estudio discursivos tradicionales, porque como ya
mencionamos, los discursos identitarios contemporáneos no se apoyan en una esencia fija,
sino en performatividades cambiantes, influidas por la aceleración social, los medios
digitales y la creciente demanda de singularización.
Los estudios críticos del discurso, de corte cognitivista (Calsamiglia y Tusón, 2014;
Hart, 2014; van Dijk, 2009; 2014), son sumamente útiles para el análisis de estas nuevas
complejidades porque entienden el lenguaje no como algo desvinculado del fenómeno social
y de la manera como es construido significativamente. En los estudios discursivos
cognitivistas se parte de la idea de que la construcción simbólica de una realidad es
construida mediante procesos mentales y marcos conceptuales de la mente semántica
profunda que se materializan o instancian lingüísticamente (Langacker, 2008; Rathje,
2017). Esto es esencial, sobre todo, si analizamos estructuras de la construcción de
identidad, en los que es preciso entender que no podemos centrarnos exclusivamente en la
superficie lingüística con estructuras categóricas fijas e inamovibles.
A todo discurso subyace una red compleja cognitiva de modelos y marcos mentales
que media entre las estructuras sociales y su articulación en lenguaje por parte de agentes
conceptualizadores que interactúan con recursos lingüístico-discursivos y semióticos
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(Pfleger, 2021). En todo estudio del discurso tenemos que triangular estas tres estructuras
para poder llegar a conclusiones significativas (van Dijk, 2009). Siguiendo esta idea,
afirmamos que el discurso es un Espacio, Comunicativo, Relacional e Identitario, o ECRI,
(Pfleger, 2021; 2024) que contiene toda la fenomenología social de propiedades o atributos
de la situación social relevantes, tales como el tiempo, las circunstancias, los participantes,
los roles socio-comunicativos, las intenciones, metas o propósitos de los actores, así como
sus interacciones jerarquizadas como miembros de un grupo, clase o institución social.
También forma parte del discurso, desde la perspectiva de la ECRI, la presencia de
modelos mentales sobre un fenómeno social determinado, en tanto que estos proveen la
estructura conceptual necesaria (event structure; cf. Polanyi, 1988). Dicha estructura se
manifiesta en marcos conceptuales relativos a la temporalidad, la espacialidad, así como a
topologías y trayectorias específicas del evento, o bien en marcos conceptuales enculturados
que restringen y seleccionan determinados aspectos del evento para su comprensión e
interpretación (cf. Goffman, 1974).
Finalmente, también es parte del ECRI del discurso la estructura discursiva
instanciada con los recursos lingüístico-discursivos y semióticos necesarios para la
interacción simbólica; desde la modalidad, estructuras argumentativas y explicativas, uso de
metáforas o metonimias enculturadas, selecciones específicas de léxico, discurso referido, o
reiteraciones semánticas, por mencionar solamente a algunos. Así obtenemos un constructo
epistémico-metodológico altamente adaptativo en el que las relaciones entre los agentes se
configuran en un momentum discursivo particular, incluso cuando las circunstancias y
fenómenos parecen ser similares o sean recurrentes. La construcción de la identidad
individual o colectiva emerge como el resultado de la combinación específica de estructuras
cognitivas, estructuras sociales y discursivas determinadas.
En este dossier reunimos cuatro investigaciones originales que siguen los preceptos
de este acercamiento a los Estudios del Discurso y analizan aspectos de la construcción de
la identidad en discurso típicos de la modernidad tardía. Todos los estudios reflejan una
fenomenología característica del contexto mexicano, pero que, sin duda alguna, podría
existir así, o de manera similar, en otros contextos socioculturales.
Sabine Pfleger
Ya la Dra. Pfleger deja ver que la modernidad tardía no constituye únicamente una
fase histórica posterior a la modernidad clásica, sino un entramado complejo de tensiones,
resignificaciones y prácticas discursivas mediante las cuales los sujetos intentan dotar de
sentido a sus experiencias en un contexto marcado por la fragmentación, la reflexividad
permanente y la crisis, si no es que la ausencia ya de metarrelatos. En este escenario, las
identidades dejan de concebirse como esencias estables para manifestarse como procesos
abiertos, performativos y situados, profundamente atravesados por el lenguaje, los cuerpos,
las prácticas culturales y las relaciones de poder.
El presente dossier se inscribe en este horizonte analítico y propone una lectura
plural de la modernidad tardía a partir de las notables aportaciones en él contenidas que,
oportunamente desde distintos objetos empíricos y marcos teóricos, convergen en una
preocupación común: comprender cómo los sujetos narran, encarnan y disputan sus
identidades en contextos sociales contemporáneos.
De inicio, el texto “Soy un guerrero de mi propia vida: Un estudio sobre la
afirmación como acto performativo para la metamorfosis del yo en la modernidad tardía”
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aborda la afirmación de sí como una práctica discursiva que excede lo meramente
declarativo para convertirse en un acto performativo de transformación subjetiva. En un
contexto donde el individuo es interpelado constantemente a gestionarse a sí mismo, este
estudio ofrece claves para pensar la autoafirmación no como simple autoayuda, sino como
una estrategia simbólica de resistencia y reconfiguración del yo.
Seguidamente, “Narrar lo textil. Un acercamiento al bordado activista en México
desde el discurso” desplaza la mirada hacia prácticas colectivas que articulan memoria,
cuerpo y denuncia social. El bordado activista emerge aquí como una forma de narración
alternativa que desafía los modos hegemónicos de producción de sentido, evidenciando
cómo lo textil se convierte en soporte discursivo para visibilizar violencias, construir
comunidad y reinscribir identidades desde una lógica situada y afectiva.
Posteriormente el artículo “El deber ser del trabajo materno: funciones sintácticas
del verbo ‘maternar’ y sus efectos discursivos” introduce una reflexión lingüística y
discursiva sobre la maternidad como construcción social. A través del análisis del verbo
‘maternar’, el texto muestra cómo el lenguaje no solo nombra prácticas, sino que prescribe
expectativas, normaliza roles y produce efectos de sentido que impactan directamente en la
experiencia de las mujeres en la modernidad tardía, donde el mandato de la productividad
convive —no sin conflicto— con el trabajo de cuidados.
Finalmente, la reseña sobre la obra colectiva “Identidades en la modernidad tardía:
Acercamientos desde los estudios del discurso y la semiótica discursiva”, coordinada por
Sabine Pfleger y Eduardo Chávez Herrera, invita a la lectura de una obra que ofrece un marco
integrador que dialoga con los textos anteriores. Este aporte permite vislumbrar un volumen
contenedor de herramientas conceptuales y metodológicas para comprender la
configuración discursiva de las identidades contemporáneas, subrayando la centralidad del
análisis del discurso y de la semiótica como vías privilegiadas para explorar los procesos de
significación en sociedades complejas.
En suma, los textos que conforman este dossier invitan al lector a pensar la
modernidad tardía no como un diagnóstico cerrado, sino como un campo de interrogación
permanente. A través del lenguaje, las prácticas culturales y las formas de narrarse a sí
mismos, los sujetos revelan tanto las fisuras como las posibilidades de habitar el presente.
Este editorial propone, así, una lectura atenta y crítica de las contribuciones reunidas, con
la convicción de que en ellas se encuentran claves indispensables para ayudar a comprender
los desafíos identitarios de nuestro tiempo.
Los invitamos a la lectura de este dossier y esperamos que los temas sean no
solamente de su interés, sino también una inspiración a realizar sus propios estudios que
den fe del fenómeno de la modernidad tardía aquí en México.
Yesenia Mendoza-Villalobos
Referencias
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Europe in the 1950s. Journal of Cold War Studies 1.3 67-110.
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Calsamiglia, B. y Tusón, A. (2012). Las cosas del decir. Manual de análisis del discurso.
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Montoro, J. M. y Barreneche, S. (2025). Identidades geolculturales: propuesta para el
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Pfleger, S. y Chávez Herrera, E. (Coords.). (2025). Identidades en la Modernidad tardía.
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ENALLT, Universidad Nacional Autónoma de México.
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2025 PHRŌNESIS DELIBERACIŌN-DIRECCIŌN-PRÁXIS
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