Con ello, la afirmación se relaciona íntimamente a dispositivos discursivos como
mantras, conjuros, o fórmulas mágicas que se basan en la premisa que el lenguaje tiene un
poder performativo. Dicho de otra manera, el ser humano le adjudica al lenguaje el poder de
incidir, modificar o crear realidades físicas y espaciotemporales (Austin, 1962/2018;
Turkan, 2022; Babasoy et al., 2025).
La lógica que subyace a las afirmaciones sigue siendo la misma que motivó a los
conjuros, mantras, o buenos augurios de antaño; el lenguaje es una poderosa herramienta
para intervenir emocionalmente en él, y así en beneficio de quien enuncia. Las afirmaciones
y autoafirmaciones configuran y refuerzan así la identidad del hablante, lo que genera una
vinculación directa entre éste y el contenido proposicional.
Así se intensifica la carga ilocutiva del mensaje al situarlo en un eje experiencial y
emocional hecho a la medida. Las afirmaciones se construyen con recursos como la
reiteración léxica, la hipérbole o la metáfora conceptual lo que amplifica aún más la
resonancia afectiva favoreciendo la conceptualización de que el lenguaje puede construir el
mundo de manera simbólico-discursiva.
En la modernidad tardía, este periodo transitorio, convulso y de grandes cambios,
las afirmaciones y autoafirmaciones son más populares que nunca. En el capitalismo
emocional sugieren control y dominio sobre las propias emociones, valores y deseos usando
estructuras lingüísticas simples, con una autosugestión poderosa para proteger, motivar o
transformar el propio yo (Coué, 2008; Seligman, 2011).
En la afirmación se transfiere simbólico-lingüísticamente una fuerza o energía hacia
el yo o el entorno del yo para construir o reforzar su resiliencia ante retos o incertidumbres
(Pfleger & Ruiz Surget, no publicado).
2.1. Desanclaje sociocultural tardomoderno y pseudoespiritualidad
Ya se mencionó que las afirmaciones están teniendo un auge en un entorno
tardomoderno en el que el individuo se desvincula o desancla cada vez más de las tradiciones
que hasta ahora estructuraban su vida (Pfleger & Chávez, 2024). Los referentes colectivos
socioculturales tradicionales como la religión, costumbres y valores heredados, creencias
compartidas, conocimientos establecidos, y, sobre todo, narrativas comunitarias con poder
de afiliación identitaria, pierden cada vez más su centralidad de significación, dejando al
sujeto ante la difícil tarea de construirse una biografía y una identidad con referentes nuevos.
Este desanclaje simbólico y sociocultural genera, según Giddens (1991), una
búsqueda de pseudoespiritualidades, esto es, una búsqueda de nuevos referentes con
creencias, prácticas y discursos que no necesariamente se inscriben en religiones y ritos
organizados, sino toman elementos de diferentes tradiciones espirituales o religiosas, a
veces de manera superficial o incluso contradictoria (Porcel, 2024). No hay un compromiso
genuino con ninguna de estos elementos pseudoespirituales porque el ser tardomoderno
vive en un presentismo singularizado sin narrativas relevantes para la cohesión identitaria
y seguridad ontológica (Reckwitz, 2022).
El resultado de estos desarrollos tardomoderno es que de las prácticas colectivas
significantes de antaño se sustituyen ahora con actividades de bienestar individual como el