una misma niña con discapacidad visual puede encontrar experiencias escolares muy distintas
según si su escuela provee material en Braille y fomenta una cultura de apoyo entre compañeros,
o si por el contrario la institución no adapta los materiales y los prejuicios hacia la discapacidad
prevalecen.
En el segundo caso, la barrera real no es la discapacidad en sí, sino la falta de
acomodaciones y las actitudes excluyentes. Siguiendo esta idea, la atención a las BAP implica que
la escuela se pregunte: ¿Qué estamos haciendo, o dejando de hacer, que excluye a este estudiante?
y ¿Cómo podemos cambiarlo? Identificar estas barreras es el primer paso ineludible para diseñar
intervenciones inclusivas efectivas.
En México, los lineamientos oficiales también han adoptado esta perspectiva. Ejemplo de
ello lo aporta el Gobierno del Estado de México (2019) adviertiendo que muchas barreras en las
escuelas no son inmediatamente visibles ni están formalmente reconocidas; a menudo se
manifiestan de forma encubierta, a través de prejuicios, estereotipos o prácticas “normalizadoras”
que terminan por excluir sistemáticamente a ciertos alumnos.
Por ello, dichos lineamientos instan a los docentes y directivos a realizar ajustes razonables
y a promover diseños universales de aprendizaje, de manera que la variabilidad humana sea
considerada un valor y no una molestia. Herramientas metodológicas como el Diseño Universal
para el Aprendizaje (DUA) ofrecen orientaciones prácticas en este sentido: proporcionar
múltiples medios de representación de la información, diversas formas para que los estudiantes
expresen lo que saben, y distintos modos de involucrarlos en las actividades, buscando abarcar la
gama más completa posible de necesidades y estilos de aprendizaje (CAST, 2018).
En suma, la eliminación de barreras requiere flexibilizar el currículo, la enseñanza y la
evaluación, junto con trabajar en las actitudes de todos los miembros de la comunidad educativa.
Los desafíos de la inclusión educativa son especialmente pronunciados en la escuela secundaria,
donde confluyen múltiples factores de vulnerabilidad.
Estudios señalan que, durante esta etapa, ciertos grupos de estudiantes enfrentan un
riesgo mayor de ser excluidos o marginados: aquellos con discapacidades (físicas, sensoriales o
intelectuales), con trastornos del desarrollo como el autismo o el TDAH, con dificultades de
aprendizaje no atendidas, con rezago significativo en su rendimiento, provenientes de contextos
de alta pobreza, migrantes o pertenecientes a minorías étnicas y lingüísticas.
Estos adolescentes, justo en el momento de consolidación de su identidad, pueden sufrir
rechazo o bullying por parte de sus compañeros, así como indiferencia o bajas expectativas por
parte de sus profesores (Jiménez et al., 2009). La consecuencia suele ser un sentimiento de
alienación que impacta negativamente su autoestima, agrava sus dificultades académicas y
muchas veces desemboca en abandono escolar temprano.
La literatura reciente subraya que tales situaciones no se deben únicamente a las
características individuales de los alumnos, sino a fallas del sistema educativo para adaptarse a la
diversidad. Desde la práctica docente lo atribuye a la ausencia de apoyos específicos y de
formación en estrategias inclusivas, lo que dificulta atender adecuadamente a estudiantes con
necesidades particulares en secundaria.
De igual modo, dentro del ámbito de las escuelas públicas mexicanas, autores han
identificado múltiples barreras actitudinales (como prejuicios del profesorado), organizativas
(falta de trabajo colaborativo), y de política escolar (reglamentos inflexibles) que frenan la
participación de ciertos alumnos (De la Cruz, 2018; Díaz y Ruíz, 2018). Estos hallazgos enfatizan